Carta del director_  KIKE CORTÉS DE ABAJO

Gregorio Luri, probablemente uno de los más sensatos pensadores (y actores) de la educación, rescata la fábula de los puercoespines de Arthur Schopenhauer. Resumiendo, la fábula dice así:

«Unos puercoespines se juntaron en una fría noche de invierno para evitar congelarse con el calor mutuo. Pero pronto sintieron las púas, lo que volvió a distanciarlos. Cuando la necesidad de calor los volvió a aproximar, se volvió a repetir el mismo problema, de tal manera que oscilaron entre los dos males hasta que encontraron la distancia adecuada entre ellos en la que mejor podían resistirlo. Así empuja la necesidad de compañía, surgida del vacío y de la monotonía del propio interior, a que se junten los hombres, pero sus muchos atributos repugnantes y errores insoportables vuelven a separarlos. La distancia media que al final encuentran, y en la que pueden durar estando en compañía, es la que mide la cortesía, la educación, las buenas costumbres y, finalmente, el interés mutuo.»

Cuando se habla de educación se puede hablar de dogmas a imponer o de espacios de conocimientos a descubrir. Que se oscile en una u otra dirección marca la pauta lógica del resultado y, con él, del nivel colectivo de progreso y modernidad de una sociedad.

La Constitución de 1978 marcó la pauta de esa distancia media entre las púas de las formaciones políticas y permitió construir ese espacio común en el que nadie impone nada y todos ganan, aunque sea menos de lo previsto. El artículo 27 de la Constitución marcó ese inicio de formación del espacio más importante que tiene una sociedad para garantizar su progreso y la convivencia: la educación de los niños, la formación de los ciudadanos y la capacitación de sus profesionales.

La polarización se está llevando lo mejor de nosotros y está afectando a los pilares esenciales de nuestro proyecto común y, entre ellos, la educación

Educar no es fabricar adultos según un modelo sino liberar en cada persona lo que le impide ser él mismo, señalaba Reboul, o en términos más patrios, sería Ortega el que afirmase que se trata de liberar al hombre de las cadenas de la ignorancia para permitirle llegar él solo a encontrar la libertad. Libertad de pensamiento, espíritu crítico, compromiso colectivo, responsabilidad individual son palabras que suenan huecas cada vez que uno se acerca a la arena política para analizar el comportamiento de nuestros políticos en materia educativa y sus resultados. Sean del signo que sean.

Desde la llegada de la democracia a España hemos tenido ocho reformas educativas, ocho; eso quiere decir una cada cinco años aproximadamente. Si ponemos que un niño entra en el sistema, digamos a los 3 años, y finaliza a los 23 años, en la etapa de formación y educación clave para su desarrollo personal habrá experimentado (o sufrido, según se mire) al menos cuatro cambios sustanciales en el modelo educativo. Si no fuese un tema tan importante nos lo tomaríamos como un chiste. Pero ya se sabe, no hay payaso sin tragedia.

Llevados por el signo de los tiempos los ciudadanos perdemos el foco de los temas importantes con demasiada ligereza y nos dejamos llevar por el ruido de sables y las estridencias del debate político. Somos el público de un circo romano y parecemos extasiados ante el pulgar del emperador, para aplaudir o para indignarnos. La polarización se está llevando lo mejor de nosotros y está afectando a los pilares esenciales de nuestro proyecto común, y entre ellos, la educación. La educación buena y la buena educación, por igual.

El sístole y diástole de nuestra política nos retrotrae a otros tiempos. A los de la imposición ideológica, el dogma y la satanización de la crítica libre de adscripciones. Sobra ideología y faltan buenas ideas. Eso está claro, y quién no lo vea es que está ciego.

La Guerra Civil fue el ejemplo más atroz de la estupidez y por más que cada uno pensásemos que estábamos en lo cierto, el sufrimiento que aquello generó solo sirve de algo si educamos bien a los que vienen detrás

Hace unos días falleció en México Fernando Rodriguez Miaja, con 102 años. Fernando fue sobrino y asistente personal del General Miaja en la Guerra Civil española y con él sufrió la dureza y frialdad del exilio en las, eso sí, cálidas tierras mexicanas. Era el decano de los exiliados españoles. Tuve la fortuna de compartir con él cinco años y disfrutar de su enorme sabiduría, su ecuanimidad y sobre todo el buen humor con el que siempre se guardaba para sí, a pesar de mi insistencia tenaz, el secreto de su longevidad y buen estado físico y mental.

En ese tiempo el Ateneo Republicano Español de México fue propuesto como candidato al Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Aceptar esa candidatura supuso un intenso debate en el interior del Ateneo. En una ocasión pregunté a Fernando qué le parecía a él esa idea y esta fue su respuesta: «¿Tú sabes quién era Nicolo Pagini?» No, contesté. Paganini, prosiguió, «compuso los 24 caprichos para violín, una pieza que conjuga todas las proezas técnicas de ese instrumento. Se requiere tal virtuosismo y perfección técnica que al principio solo el propio Paganini podía tocarla. Con el tiempo, el esfuerzo y la dedicación de él a enseñar y de los otros a aprender muchos más músicos fueron capaces de tocarla y más gente pudo disfrutarla». Fernando era una enciclopedia en muchas cosas, pero especialmente en música clásica.

«La Guerra Civil fue el ejemplo más atroz de la estupidez y por más que cada uno pensásemos que estábamos en lo cierto, el sufrimiento que aquello generó solo sirve de algo si educamos bien a los que vienen detrás. El virtuosismo propio no sirve de nada si no puedes compartirlo. Así que, me guste más o menos la idea, es pedagógicamente útil y lanza un mensaje de concordia que debe ser la base de la convivencia entre distintos. Así que ahí tienes la respuesta», me dijo, añadiendo con una sonrisa: «Lo único que pido es no tener que hacerme monárquico a estas alturas, que ya estoy un poco mayor para cambiar tanto».

Deberíamos dedicarnos menos a aplaudir a los que piensan como nosotros y a criticar a los que no lo hacen, y exigir a ambos que se tomen en serio la educación y que generen compromisos estables

La educación es el único modo que tiene una sociedad de no dilapidar el potencial libre y real de sus ciudadanos, señalaba Giner de los Ríos con cierta gravedad. Chesterton, más irónico, decía que para que la sociedad no se llene de estúpidos y los libros de sandeces es necesario hacer el trabajo de educar al buen salvaje de Rosseau para convertirlo en un ciudadano útil y una persona cabal.

Tal vez, deberíamos dedicarnos menos a aplaudir a los que piensan como nosotros y a criticar a los que no lo hacen, y exigir a ambos (PP/PSOE) que se tomen en serio la educación y que generen compromisos estables que nos permitan a cada uno desarrollar nuestro proyecto de vida personal libremente al tiempo que consolidamos el valor positivo y constructivo de una sociedad moderna.

Quien crea que la sociedad de hoy se merece a los políticos que tenemos es que no valora suficientemente el esfuerzo colectivo de tantos años de historia.

Hay pocas imágenes tan bonitas y envidiables a la vez como la de un niño camino de la escuela con la mochila a cuestas. La idea de enfrentarse cada día, con el cerebro virgen, a la aventura de explorar nuevos conocimientos, aprender a convivir y practicar las virtudes del esfuerzo, el compromiso y la prudencia debería ser lo suficientemente estimulante para no dejar pasar la oportunidad más veces de que, a través de la pedagogía de nuestros gobernantes, se enseñase el valor del acuerdo, el consenso y el compromiso colectivo. Aunque todos sabemos, o intuimos, que cuando cambie el gobierno habrá otra ley que reforme la anterior y seguiremos así subidos a este carrusel de lo absurdo.

Tempus Fugit, aunque algunos no se den cuenta. Hazme caso, lee a Fernando Savater (El valor de educar) a Gregorio Luri (La educación no es un parque de atracciones) y no veas noticias políticas. Observarás cómo tu estado de felicidad se incrementa ostensiblemente.

La educación es el único modo que tiene una sociedad de no dilapidar el potencial libre y real de sus ciudadanos

Por cierto, finalmente al Ateneo no se le concedió el premio -una lástima para el Ateneo, para el Premio y para todos- pero yo seguí conversando y disfrutando de Fernando y de su ironía. La última vez que lo vi, allá por la primavera de 2019, finalmente me abrió la puerta de su secreto: nunca dejes el buen humor para otro momento… y tómate un buen tequila si no lo consigues.

Buen viaje Fernando y gracias, yo seguiré tomando ese tequila a tu salud. Reposado, nomás 😉

 

Kike Cortés de Abajo es el Director de la Escuela de Gobierno y Transformación Pública SKR/UAX, el cofundador de SKR Preparadores y Administrador Civil de Estado (en excedencia). Antes de asumir el liderazgo de la Escuela de Gobierno, trabajó durante más de 20 años en el sector público en distintos puestos en Presidencia de Gobierno, Ministerio del Interior y en las Administraciones Exteriores en las que el último cargo que ocupó fue el de Consejero de Educación para América Central, México y Caribe. En sus ratos libres, lee mucho y hace el tequila Tantita Pena, que como él dice es «del bueno».

 

 

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