DANIEL FERNÁNDEZ LÓPEZ

La condición del opositariado es una condición múltiple. En las dos primeras partes hemos visitado, respectivamente, la condición biológica y la condición intelectual, cuyas cristalizaciones han sido los problemas con la homeostasis y la normalización a la que se exponen los opositores y las opositoras. Sin embargo, podemos aludir a una condición más, la política, que se cifra en el juicio al que se ven sometidas las personas que opositan, en virtud del cual pasarán o no a formar parte de la Administración.

Según planteábamos en las primeras líneas de la primera parte, la obra de Kafka es, en sí misma, un aviso contra los peligros asociados a la Administración Pública. Gracias a su Doctorado en Derecho y a su puesto de funcionario en la Oficina de seguros de Praga (además de a su proximidad con Alfred Weber, hermano de Max), el autor de América gozó de una perspectiva privilegiada, lo cual, sumado a su extraordinaria clarividencia, hizo de él un Feuermelder (una «alarma de incendio»[1], por usar la célebre expresión de Walter Benjamin en su obra Calle de dirección única), de primer orden.

La pregunta que podríamos formular ahora, no obstante, sería: ¿es oportuno volver a Kafka para pensar en la condición del opositariado en 2021, un siglo después de su fallecimiento? En mi opinión, lo es. De hecho, varios de sus relatos podrían leerse en clave opositora; de ellos, ahora vamos a recuperar dos, haciendo énfasis en el segundo.

El castillo, en primer lugar, nos presenta a un agrimensor que, a pesar de sus esfuerzos, no logra alcanzar a las autoridades que gobiernan el castillo al que hace alusión el título. El propio Kafka no logró concluir el relato, que se publicó póstumamente en 1926, lo cual es significativo de por sí. Décadas después, Jorge Luis Borges, uno de los grandes admiradores del autor checo, plantearía que el gran antecedente de El castillo había sido «la paradoja de Zenón», que sugiere lo siguiente:

«Un móvil que está en A (declara Aristóteles) no podrá alcanzar el punto B, porque antes deberá recorrer la mitad del camino entre los dos, y antes, la mitad de la mitad, y antes, la mitad de la mitad de la mitad, y así hasta lo infinito»[2].

No sería aventurado decir que multitud de opositores y opositoras se han identificado con las dos situaciones: primero, con los muchos problemas que plantea el pasar a formar parte de la Administración; y, segundo, con la sensación de avanzar sin éxito, con el agravante de realizar una serie de esfuerzos que podrían alargarse sine die.

«Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana»[3], son las primeras palabras de El proceso, la segunda obra que visitamos. El protagonista no sabe qué sucede, salvo que debe someterse a las autoridades; la problemática del gerente Josep K., en consecuencia, es que se ve plegado a un poder que no solo es superior a él, sino del que ignoramos si es arbitrario o no.

No es casualidad que el mismo libro fuera el origen de Ante la ley[4], una parábola relatada por el sacerdote de la obra después de avisar a Josef K. de que posiblemente se engañaba con respecto al tribunal. La misma versa sobre un campesino que desea llegar a la Ley; sin embargo, el guardián que la custodia le prohíbe pasar. Segundos después, el mismo guardián anima al campesino a violentar su prohibición, no sin avisarle de que luego vendrán guardianes mucho más poderosos que él; pero el campesino opta por aguardar a la autorización, a pesar de no saber cuándo podría recibirla. Pasan los años y, cuando el campesino agoniza, pregunta al guardián por qué no había más personas que hubieran solicitado llegar a la Ley, habida cuenta de que era una aspiración común, a lo que el guardián, con calma, responde: «No podía entrar nadie más, porque esta entrada te estaba a ti solo destinada. Ahora me iré y la cerraré».

Las similitudes que El proceso y Ante la ley guardan con la experiencia de unas oposiciones saltan a la vista. En primer lugar, el elemento clave: el juicio, ya que antes o después el opositariado, igual que Josef K., será puesto a prueba por una autoridad superior a él, solo que, en su caso, sabe el porqué; y, en segundo, un elemento ligado al primero: la sumisión, ya que, igual que el campesino, habrá de someterse al veredicto realizado por el guardián, que ahora no custodia la Ley, sino la Administración pública.

La condición del opositariado

En su obra de 1580, Que nada se sabe, Francisco Sánchez cincelaba el «triste fin del estudioso», que en su opinión radica en lo siguiente: «Lo único que ganamos es el cansancio, las preocupaciones, la inquietud, la soledad, la privación de todos los placeres, una vida como la de los cadáveres»[5]. Sobra decir que las oposiciones son susceptibles de generar varias de las sensaciones citadas por el pensador gallego; sin embargo, sabemos que el opositariado aspira a ganar más que el cansancio, una vez que, si sale airoso, contará con una plaza en la Administración, un puesto de privilegio si consideramos la situación que viene sufriendo el trabajo asalariado en el sector privado.

Ahora bien, a lo largo de las tres partes del presente artículo hemos visto que, al mismo tiempo, el opositariado se ve condicionado por una serie de elementos que el estudioso de Sánchez ignora, ya que vienen originados exclusivamente por la naturaleza de la oposición y del puesto al que se opta: ellos dan forma a la condición opositora.

Después de lo que hemos explicado hasta ahora, es posible que la clave sea la adaptación (ahora que se cumplen ciento cincuenta años de la publicación de El origen del hombre, de Charles Darwin) del opositariado a las exigencias de las oposiciones, solo sea porque la aspiración es salir con éxito de las mismas. Dicha adaptación, desde mi punto de vista, ha de ser consciente de los peligros, no solo del proceso, sino de la propia Administración. Hemos expuesto tres, pero es seguro que hay más.

Dicho lo cual, aun si se existiera la posibilidad de pensar colectivamente en procesos que, respetando los principios de mérito y capacidad, resultaran menos lesivos (en lo biológico, lo intelectual y lo político), los procesos alumbrados seguirían planteando condiciones y peligros nuevos. Huelga decir que los mismos habrían de ser igualmente sometidas a cuestión, aspirando siempre a la conciliación del rigor en la captación de personal por parte de la Administración pública y de la prosperidad del opositariado. Ahora nos hemos ocupado de visitar y exponer varias de las complicaciones más oscuras de la fórmula realmente existente con el fin de hacerlas visibles, comprenderlas y cuidarnos de ellas sin renunciar a la Función pública.

 

[1] Walter BENJAMIN: Calle de dirección única (1928), en Obras. Libro IV (Volumen 1), Abada, Madrid, 2010, p. 62.

[2] Jorge Luis BORGES: Otras inquisiciones, Destino, Madrid, 2007, p. 67.

[3] Franz KAFKA: El proceso, Random House Mondadori, Barcelona, 2012, p. 15

[4] Ídem, pp. 200-202.

[5] Francisco SÁNCHEZ: Que nada se sabe, Aguilar, Buenos Aires, 1977, p. 127.

 

Daniel Fernández López es Licenciado en Periodismo y en Ciencias políticas y autor de la tesis doctoral El concepto de amor en Teoría política. Actualmente prepara oposiciones al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado en SKR y, en sus ratos libres, lee libros de señores rusos y alemanes muy viejos.

 

 

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