INÉS CRESPO RUIZ DE ELVIRA

Hace unas semanas Juan Hernández Alfaro reflexionaba en este blog sobre la tentación de abordar grandes refundaciones del Estado de Bienestar en el contexto de la pandemia generada por el COVID-19. Aunque coincido con él en que es una tentación a evitar, cuesta resistirse a aventurar no los cambios que vendrán, sino los que deberían venir o deberíamos hacer porque vinieran.

En ese sentido, uno de libros más sugerentes que he podido leer en periodo de confinamiento, entre zooms, propios y ajenos, el aspirador, la sartén y las matemáticas de primaria, es The Inner Level: How more Equal Societies Reduce Stress, Restore Sanity and Improve Everyone´s Well-Being, traducido en España como Igualdad, y con prólogo del exComisionado para la lucha contra la pobreza infantil, Pau Mari Klose. Sus autores, los epidemiólogos Kate Pickett y Richard Wilkinson, completan aquí su trabajo iniciado en Desigualdad (The Spirit Level: Why Equality is better for Everyone), publicado en 2010. En esta ocasión, con una amplia base de evidencia empírica, el ensayo parte de la premisa de que las sociedades más igualitarias son sociedades con mayor bienestar y, en particular, con mayor salud.

Así, de la mano de datos de análisis comparado, se plantea que muchos de los problemas sociales que experimentan las economías avanzadas tienen su razón de ser en el estrés que generan las diferencias de estatus entre sus miembros, abocados a una permanente evaluación social. Argumentan, en consecuencia, que, a mayor desigualdad en una sociedad, menor es el bienestar colectivo en general. Ya que aparece un mayor malestar en los gradientes sociales inferiores, pero también mayor malestar en los gradientes sociales superiores respecto de otros países más igualitarios.

La desigualdad que impactó en nuestra psique

La primera parte del ensayo aborda las consecuencias mentales de la desigualdad. Se comparan los datos de la tasa de homicidio, el índice de embarazos adolescentes, el abuso de drogas, la enfermedad mental, la pobreza infantil o la tasa de encarcelamiento, para constatar que dichas variables son más altas en países con menor igualdad de renta (EEUU, Reino Unido) frente a los más igualitarios (Noruega, Suecia, Japón, Finlandia, Dinamarca). En el mismo sentido, también los países menos igualitarios en renta tienen mayores índices de segregación, tanto en matrimonios como por barrios.

Los datos proceden de estudios ad hoc realizados en los últimos años en disciplinas tan variadas como la de la psiquiatría, la psicología o la antropología. Estudios acerca del deseo de los individuos de alcanzar un determinado estatus social (medido en ingresos, ocupación o nivel educativo), definido básicamente por la comparación con los iguales o cercanos en nivel de rentas («estar a la altura del vecino»). Pero dicho estatus social y su papel preponderante en las sociedades contemporáneas incide directamente en el sentimiento de valía personal y en la forma en que nos percibimos y nos perciben los demás.

De esta manera, el libro refleja cómo el afán por mejorar el estatus y la apariencia frente a los demás es más acusado en países con más desigualdad y se traduce, en último término, en una reticencia a tener relaciones sociales más estrechas, menor confianza en los demás, mayores índices de ansiedad y depresión (por mejorar el estatus al que se aspira o por mantener el que se tiene). En otros casos, también en conductas narcisistas (como forma autoestima defensiva), y en gran medida, en un aumento de adicciones de diferente naturaleza (juegos de azar, drogas, consumo ostentoso, presuntos lujos a través del sobre endeudamiento personal, etc.), adoptadas como forma de satisfacer la necesidad de afirmar un determinado estatus social.

La histórica naturalización de la desigualdad en nuestras sociedades

La segunda parte del ensayo se dedica a rebatir algunas de las tradicionales justificaciones que han tratado de naturalizar la desigualdad.

Así, por un lado, el libro reflexiona sobre la condición humana y sobre cómo gran parte de la filosofía política (Hobbes) ha sostenido que la lucha por los recursos aboca irremediablemente a las personas al conflicto. Frente a dicha interpretación, la antropología ofrece estudios sobre la naturaleza igualitaria de las sociedades prehistóricas de cazadores-recolectores en las que -aun partiendo de la existencia del deseo de dominio de algunas personas sobre otras-, la colectividad, el entorno social, optaba deliberadamente por proteger el carácter igualitario y cooperativo del grupo, promoviendo a aquellas personas con actitudes pro-sociales.

Por otro lado, los autores argumentan contra la falsa meritocracia de nuestras sociedades modernas. La meritocracia presume que las desigualdades son fruto de las diferentes capacidades de las personas y de que, en consecuencia, las desigualdades están justificadas. Sin embargo, dicho argumento desconoce los abrumadores datos que ilustran cómo el entorno social en el que se nace y la herencia colectiva recibida condicionan negativamente o impulsan el desarrollo posterior de las personas. También ese entorno social de procedencia influye definitivamente en cómo uno mismo se percibe e, incluso, en cómo nos perciben otros (profesores, posibles empleadores, compañeros de trabajo, etc.). Autoestigma y estereotipos sociales son dos barreras que persisten en sistemas formalmente meritocráticos.

Por último,se analiza la vigencia de la clase como forma de estratificación social, sobre todo desde que en 1970 empezara a reabrirse la brecha de la desigualdad. Los modales o los hábitos culturales son, una vez más, formas de distinguir una clase de otra y, por tanto, de marcar un estatus y anudar un prejuicio a las personas, independientemente de las características individuales del que pertenece a una clase social. «A pesar de ser conscientes de dicha simplificación», sostienen los autores, «estamos todavía lejos de librarnos de ese sesgo cognitivo».

La transición hacia un nuevo bienestar

En la tercera y última parte del ensayo se constata que el sistema actual no ha sido eficaz al producir bienestar y, en consecuencia, esboza los pasos de la transición que deberíamos realizar.

La disociación entre bienestar y crecimiento económico en los países avanzados, la crisis ecológica, la globalización, las migraciones y el cambio tecnológico han modificado las bases sobre las que nos movíamos. Porque una sociedad más igualitaria, también es una sociedad más sostenible, ya que también las sociedades más igualitarias tienden a registrar mayores índices de cumplimiento de los compromisos medioambientales internacionales.

Los pasos para una sociedad más igualitaria pasan así por superar el carácter central del estatus social, ampliar el tiempo de ocio y reducir las exigencias del trabajo, introducir la democracia en las empresas para mejorar la calidad de la vida laboral, y mejorar, en última instancia, la salud de todos los miembros de la sociedad.

Las políticas públicas necesarias para abordar estos cambios apenas se esbozan someramente, si bien son conocidas. La renta básica universal, la reforma fiscal internacional para aumentar la capacidad recaudatoria y poder llevar a cabo políticas redistributivas, la legislación sobre las formas de participación de los empleados en las empresas…. Pero quizás estas cuestiones ya son materia para otro libro.

La pandemia del COVID-19 y la crisis económica sin precedentes en la que nos adentramos no han hecho sino ahondar las brechas que ya existían. Este libro contribuye a enriquecer el debate y aportar datos al mismo, para replantear el modelo de sociedad en la que nos encontramos y trabajar por lograr sociedades más igualitarias.

En suma, una lectura muy recomendable por su marco teórico para enfrentar lo que parece ser uno de los grandes problemas de nuestro tiempo, la desigualdad. Pero también por los abundantes estudios de otras disciplinas y las acertadas referencias al devenir político y al cambio que sólo de manera colectiva podemos apoyar. Como funcionarios al servicio del interés general es, definitivamente, una lectura obligada. Como ciudadanos miembros de una comunidad política que, como explica aquí Eloísa del Pino, tuvo la capacidad y la audacia de construir un Estado de Bienestar hace unas décadas, una causa por la que luchar.

Inés Crespo Ruiz de Elvira es Administradora Civil del Estado, preparadora de CSACE en SKR Preparadores y experta de la Escuela de Gobierno y Transformación Pública SKR/UAX. Actualmente ejerce como Vocal Asesora SG Ordenación de los Servicios de Comunicación Audiovisual, SETELECO en el Ministerio de Asuntos Económicos y Transformación Digital.

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