«Lo que me asusta no es la llegada de una sociedad de la vigilancia, sino que vivamos ya en ella sin que ello nos preocupe» decía el ilustre Zygmunt Bauman hace ya unos cuantos años. Esta frase cobra hoy un sentido especial cuando pensamos en el huracán tecnológico de la telerrealidad, que el COVID-19 ha formado en nuestras sociedades en tan solo cuatro meses. Y es que expertos como Erik Smith señalan que el salto que hemos dado tras la pandemia es de 10 años y que se está preparando el shock.

Un huracán que, como todo en el sector de la tecnología, se alimenta de un «buenismo» que impide ver al común de los mortales, que también es parte de la Sociedad de la Información, la trascendencia e impacto real que sus efectos tienen. Por ello en el seminario «Los datos personales en la Sociedad de la Información» de la Escuela de Gobierno y Transformación Pública SKR/UAX, que fue impartido por David Nieto, preparador de CSACE en SKR, nos adentramos en esos «defectos» o impactos no tan positivos, que también son parte de la Sociedad de la Información y que empiezan a generar profundos debates.

David Nieto recuerda que es precisamente el revelador Edward Snowden el que afirma que «negarnos a conocer el funcionamiento de los equipos de los que dependemos, supone aceptar pasivamente su tiranía y sus condiciones. Serán tus posesiones las que te posean a ti».

Y esta es la principal coartada bajo la que se protege un mundo tecnológico, que marca la realidad económica, política y social, como si el 2020 fuera el 1984 de George Orwell. Entre otras cosas, porque tal y como señala la Real Academia de la Lengua Española, el “buenismo” es la “actitud de quien ante los conflictos, rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia”. Y esa es la actitud que, por lo general, impera hacia el mundo tecnológico desde hace ya unos cuantos años. La de potenciar sus bondades, para ocultar sus defectos. Entre otras cosas, porque poco se puede hacer ya frente a muchos de ellos.

Técnica ilustrada y economía de tubos

Pero para entender todo esto, hay que empezar por el principio. Por eso, David Nieto abre el seminario recordando que «la Sociedad de la Información se basa en tecnologías digitales complejas, muchas de las cuáles son difíciles de comprender para los usuarios» mientras explica que «a finales del siglo XX se empezaron a constituir auténticas autopistas de la información en base a técnicas que convertían en 0 y 1 cualquier dato que viaja a través de Internet por ellas. Así es como nuestros datos se mueven por todo el planeta, casi sin que nos demos cuenta». Y cómo se abre ante nosotros, todo un entramado difuso y modelizado en el binomio infraestructura y propiedad. Dicho de otro modo, hoy en el mundo de la tecnología pasa como en el del asfalto, quien controla las autopistas, tiene el poder.

Por ejemplo, Netflix tiene cables submarinos por todo el mundo por los que pasan los incalculables datos, información y contenido que le permiten controlarlo todo y a todos. Pero como él, Facebook, Amazon y, por supuesto, Google, por el que pasan el 90% de las comunicaciones del mundo. Y decir Google, es decir los EEUU. Porque la NSA tiene la capacidad para pinchar estas infraestructuras de la información estadounidenses. Y eso, nadie más, ni siquiera China, puede hacerlo. Pero todos lo intentan, como demuestra el incremento dantesco de las solicitudes a Google de información por parte de los Gobiernos o el papel en el control de la epidemia del COVID-19, que la compañía estadounidense tiene en todo el mundo.

Ese es su negocio y el negocio fundamental de la mayoría de las grandes tecnológicas. No el contenido, la publicidad o el marketing. Si no el control y la titularidad de las autopistas de la información y, por ende, de los datos de millones de ciudadanos en el mundo, que al no entender estas técnicas ilustradas y este modelo de negocio, regalamos nuestra vida en datos diariamente. «It’s the economy, stupid!» acuñó James Carville durante la campaña electoral de Bill Clinton en 1992 contra George H. W. Bush, que lo llevó a convertirse en presidente de los Estados Unidos… Y no le faltaba razón. Porque en la Sociedad de la Información, quien controla la infraestructura, controla la economía, ya que una vez tienes la infraestructura, puedes pasar toda la información que quieras por ella, ya que los costes variables no se incrementan notablemente, y amortizando la inversión fija realizada en cable. ¡Es la economía de redes o de tubos, estúpido!

Geopolítica tecnológica

Supongo que a estas alturas, la mayoría ya se ha hecho una idea de en qué punto nos encontramos. Estamos en el «vigilar y castigar» de Foucault, en la policía del pensamiento de Orwell, y en la lucha de los poderes mundiales por controlar las autopistas de la información. Y, como ya hemos señalado, EEUU gana por goleada. Nadie tiene nada que el Gobierno de los EEUU no quiere que tenga. Ni la Unión Europea, ni China, ni Rusia, ni ningún lugar del mundo que se os pueda ocurrir. Porque las autopistas de la información siguen siendo americanas.

La NSA tiene capacidad para encender los dispositivos móviles, aun estando apagados y con independencia de que sean portátiles, tablets, o smartphones, y convertirlos en dispositivos de escucha. El Ejército de los EEUU puede apagar tu GPS si quiere, estando tú en Europa. La diplomacia tecnológica encubierta existe. Y parar todo esto es ya casi imposible, como demuestran hechos como la incapacidad de los Gobiernos europeos para llevar adelante una supuesta Tasa Google o la prohibición de inversiones chinas en EEUU para no perder el monopolio de las infraestructuras.

El impacto y el coste de todo esto para la soberanía mundial y de los países del SXXI va a ser brutal. Pero lo más preocupante es que este impacto en la soberanía nacional y esta economía de tubos, también apunta directamente al corazón y los derechos de los ciudadanos de cada país.

El impacto social que nadie quiere ver

El primer precio que los ciudadanos están pagando en términos sociales es su libertad. Porque como explica Noemi Klein en su libro La doctrina del Shock, es en esos momentos de shock cuando las personas estamos dispuestos a ceder parte de ella en aras de protección y seguridad económica, política y social. Véase ejemplos como lo que ocurrió en el mundo entero tras los atentados islámicos del 11-S o ahora en la pandemia del COVID-19. Pero no hay que olvidar que la libertad es un derecho objetivo, mientras que la seguridad es un derecho subjetivo. Por eso, Snowden señala que el hecho de que «decir que no te preocupa el derecho a tu privacidad porque no tienes nada que ocultar, es lo mismo que decir que no te preocupa el derecho a la libertad de comunicación porque no tienes nada que decir».

El segundo es su derecho a la privacidad. Así pues, el artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos señala que «nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.». Este artículo, que ha sido traspuesto a las Constituciones de los distintos países queda en España recogido en el artículo 18 de la Constitución Española. Pero revisada la economía de tubos, es obvio que no se cumple ni en España, ni en ningún país donde la gente tenga Internet.

El tercer precio que estamos pagando es el de la desigualdad. Porque somos Sociedad de la Información en el mejor, pero también en el peor de los casos. Es decir, que si consideramos que el 13% de la población mundial no tiene acceso a la electricidad según la Agencia Internacional de la Energía, 750 millones de personas están completamente fuera de la Sociedad de la Información, con la desigualdad y riesgos que ello comporta.

En este sentido, una de las principales consecuencias es el riesgo del analfabetismo. Que se acrecienta cuando tenemos además en cuenta a los analfabetos tecnológicos funcionales, es decir, a aquellos que son incapaces de entender estas nuevas tecnologías. Es el ilectronismo, el lado oculto de la Sociedad de la Información. Porque según la UNESCO un 43% alumnos a nivel mundial no tiene Internet en casa. Y en países como Francia, por ejemplo, un 20% de los franceses mayores de edad, no se sienten cómodos con Internet y un 15% no utilizó Internet en el último año.

Estas cifras son mayores para España, aunque en nuestro país, gracias a la empresa Red.es, la brecha digital no es tan grande como en el país francés, donde la falta de conexión en las zonas rurales ha tenido mucho que ver en protestas como las de los chalecos amarillos. Otro ejemplo para tener en cuenta en el analfabetismo digital es el paradójico caso de la India. Lugar en el que muchas compañías han deslocalizado sus centros tecnológicos, pero en el que 300 millones de personas, un 23% de la población, son analfabetos.

Además, 200 millones de personas, un 15% de la población no tienen electricidad. Y si consideramos la población versus el número de personas que usan Internet en Asia, observamos mucha población, pero muy poca incorporación a Internet. En definitiva y según el Banco Mundial, solo el 46% del mundo tiene acceso Internet.

En definitiva, hay demasiadas personas en el mundo a las que les da igual que vivamos en la Sociedad de la Información, porque no tienen acceso a ella. Pero los que sí tenemos, tampoco estamos mejor, porque estamos pagando un cuarto precio, el de ser el nuevo proletariado digital sin saberlo. Es decir, todos los días estamos trabajando o generando datos gratis para las empresas tecnológicas, que los explotan y venden obteniendo cuantiosos beneficios. Es lo que se denomina, acumulación por expropiación. No sabemos que estamos trabajando para otros y el que aprovecha ese trabajo no nos paga. En resumen, todos somos trabajadores obreros de la tecnología, tanto el que trabaja en una cadena de montaje, como el que tiene cinco pantallas en una oficina de Silicon Valley.

Por último, en quinto y sexto lugar, dos impactos que se obvian en numerosas ocasiones: el coste medioambiental de la tecnología y la compresión de la dimensión cultural de la sociedad, que obvia todo lo que trascienda de la cultura anglosajona.

Quizá deberíamos empezar a abandonar este entusiasmo y buenismo tecnológico que nos invade y adoptar una visión crítica y real de hacia dónde nos lleva esta nueva revolución industrial. Porque lo que está claro es que la Sociedad de la Información no tiene una sola cara.

 

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