JESÚS FERNÁNDEZ Y ENRIQUE CORTÉS

La pandemia del coronavirus irrumpe en un momento muy determinado para la Unión Europea y para España. Esta es una emergencia distinta a las hasta ahora conocidas y su efecto no es solo inmediato, sino que es global, demoledor y seguirá extendiéndose largo tiempo.

Por eso, precisamente la crisis del COVID-19 es también un buen eje para reflexionar sobre la realidad europea y española y sobre cuáles son las perspectivas para ambas en un marco post COVID-19, especialmente en referencia a su relación.

La «antigua realidad»

El 2020 se presentaba como un año de partida hacia una etapa de promesas difusas, para la Unión Europea y para España. La UE pretendía iniciar una fase que superase las cercanas crisis: la económica de finales de 2000, que generó un gran declive y desgaste social, y la migratoria, que promovió mayor desconfianza y barreras entre los Estados Miembros.

Con un nuevo gobierno comunitario ya formado, Europa buscaba, una vez más, definir y asentar su papel en un nuevo mundo. Porque a diferencia de la situación de finales de los 90, la Unión Europea se enfrentaba a un parón en su optimista expansión; a una creciente heterogeneidad interna; y a un incipiente tufillo a decadencia en el contexto global.

El nuevo programa político diseñado por la Comisión Von der Leyen sonaba como casi todos los programas impresos: lustroso. De esta manera y partiendo de una premisa básica, la de redescubrir nuestra unidad interior, se marcaban objetivos en los que se mezclaban dos realidades. Por un lado, el reconocimiento de las carencias europeas con objetivos como «una Europa más fuerte en el mundo», «un nuevo impulso a la democracia europea» o «una Europa adaptada a la era digital«. Por otro, el orgullo por las fortalezas que preserva Europa respecto al resto del mundo, plasmado en hitos como «lograr un Pacto Verde«, «una economía que funcione en pro de las personas» o «la protección del estilo de vida europeo».

Hace escasamente un año, aunque la crisis COVID-19 convierta todo lo anterior en lejano, España no se quería quedar atrás y, evidentemente, compartía rasgos con esa «antigua realidad europea», pero de manera más exacerbada. España en su «antigua realidad» estaba remontando, o parcheando, crisis económicas, políticas y cuestiones territoriales, pero sin ningún signo de poder culminar estas tareas.

Políticamente, acababa de formarse un Gobierno al que le tocaba, sin demora, proponer respuestas estructurales a los problemas económicos, político-territoriales y sociales. Pero aún no había ningún plan decidido sobre la mesa porque «no había habido tiempo aún».

Lo que sí tenía claro España es que por fin, concurrían factores especiales para fortalecer las opciones de desempeñar un papel más decisivo en Europa, gracias a dos cuestiones: el tamaño y la afección.

  • Tamaño: Con la salida de UK, España era uno de los 4 grandes, sin duda. Eso suponía, también, pasar a ser definitivamente contribuyente neto al presupuesto, lo que exigía una actitud distinta, más exigente para con la mayoría de los demás socios. El voto español pesaba más en la toma de decisiones. La suma de Francia, Alemania, Italia y España podría formar un cuadrilátero líder.
  • Afección: desde los años 80 ser europeo ha sido un valor para los españoles. España era europeísta. Defensora acérrima de la Unión Europea. Y eso a pesar de que de la crisis económica, no resultó -por los pelos- en un odio español hacia Europa como la culpable de las penurias socioeconómicas. Quizá sea porque el miedo ante una potencial salida de la UE pesaba y pesa en ciertos movimientos rupturistas.

Con estas perspectivas, el futuro era cuan menos que optimista, pero entonces, en este contexto, explotó la pandemia del COVID-19 y lo paralizó todo: lo que estaba en marcha y lo que podría estar en mente.

La «nueva realidad»

La crisis del COVID-19 empezó siendo una crisis sanitaria, pero ha terminado afectando a la salud en todas sus múltiples manifestaciones: alta mortalidad, hundimiento económico, noqueo al bienestar social, políticos puestos ante retos de gestión en los que fallar es más posible que tener éxito… En pocas palabras, ha terminado en una “nueva realidad” sumamente compleja.

Pero en ella, España entendió rápido que el partido se jugaba en Europa, tomó la iniciativa y presentó su gran propuesta: un fondo europeo de hasta 1,5 billones de euros financiado con deuda perpetua, que se repartiría como transferencias —y no deuda— entre los países más afectados por la crisis.

En lo que ha quedado esto es bien conocido. Un Fondo de Recuperación del COVID-19 de 750.000 millones (500.000 millones de euros en transferencias y 250.000 millones en créditos) y del que España será uno de los países más beneficiados con más de 140.000 millones (77.300 en transferencias no reembolsables del presupuesto y más de 63.000 millones en créditos). Pero además, puede recibir otros 24.900 millones del fondo de rescate (MEDE), también voluntarios, y hasta 15.000 millones del sistema de reaseguro del desempleo para aliviar el coste de los ERTE.

Pero la inyección de recursos más grande de la historia de la UE, no se canalizará de forma sencilla. Las razones fundamentales son dos:

  1. Las contraprestaciones. Antiguamente se decía en España que «nadie da duros por pesetas» y en la Unión Europea, esta frase cobra una relevancia especial. Las contraprestaciones a las ayudas del Fondo de Recuperación europeo vienen para España en forma de una exigencia muy clara: realizar todas las reformas necesarias para terminar con el déficit estructural. Pero además, las propias medidas no son gratuitas. Por ejemplo, los 77.300 millones con cargo a la ampliación extraordinaria de los presupuestos de la UE, no eximirá a España de hacer su aportación a esos mismos presupuestos y la emisión de deuda exige los pertinentes avales a España, como al resto de países.
  2. La actitud contra estas ayudas de los países del norte de Europa en las negociaciones del Fondo de Recuperación (verbigracia, Austria, Dinamarca, Países Bajos y Suecia, the frugal four). Y más concretamente contra España y su ministra Nadia Calviño, a quien declararon la guerra. Según publicó la semana pasada el Financial Times, Calviño y la propuesta española de salvamento han resultado polarizadoras y han generado la formación de dos bloques antagónicos en la Unión Europea. Nada nuevo en realidad. El primero, el conformado por los países del norte de la zona euro y la alianza de los países del sur, a la que se añade Francia, muy afectada también por la crisis del coronavirus. En el medio queda la Alemania de Merkel, llevando a cabo un juego de equilibrios que, hasta ahora, parece que ha beneficiado más a los del sur y a España. Quizá por esto, finalmente Nadia Calviño acaba de presentar su candidatura formal a la Presidencia del Eurogrupo. Pero no lo tendrá fácil frente a una alianza que según el británico FT, ha proclamado el «cualquiera menos Calviño».

Ante esta situación, podemos afirmar que «mal de muchos…» no es resignación, pero sí un elemento que podría ser agarradera en esta crisis, aunque no parece que lo esté siendo. Nadie escapa a esta crisis, pero esto es algo de lo que los países nórdicos no parecen darse cuenta.

Muchos deberían entender que la Unión Europea cuenta hoy con una oportunidad y es necesario que los países miembros entiendan que no hay alternativa. Sean del norte o del sur, sean más o menos ricos y estén más o menos afectados, las opciones están claras. O caminar todos juntos y llegar a acuerdos para reposicionar a la UE en el mundo, tomar un impulso de liderazgo sobrevenido y proteger el bienestar logrado en todos los países. O hacer que Europa acabe crispada y dividida, relegada a un papel secundario en el contexto global, con su población más empobrecida y añorando un bienestar perdido mientras las clases populares se levantan. En las próximas semanas veremos qué camino decide tomar Europa.

 

Jesús Fernández Caballero ocupa el cargo de Consejero de Interior en la Representación Permanente de España ante la Unión Europea.
Enrique Cortés de Abajo es el Director de la Escuela de Gobierno y Transformación Pública SKR/UAX.
Juntos sufrieron opositando y juntos se convirtieron en Administradores Civiles del Estado. Juntos fundaron SKR Preparadores para ayudar a aquellos que, como ellos, deseaban poder hacer algo por los ciudadanos y mejorar la Administración Pública. Y, aunque en caminos diferentes ahora, juntos debaten siempre que pueden y con mucha lucidez, sobre aquello que parece estar en boca de todos hoy, sobre «lo público».

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