JULIA GIRÁLDEZ

La estructura sólida que creíamos irrompible sostenida por los pilares de los actuales estados de bienestar deja entrever a través de sus grietas los malestares cotidianizados, democratizados, que el modo de vida posmoderno (o hipermoderno) ha ido creando. Jóvenes buscando piso en idealista. Cada vez más pequeños. Cada vez más caros. Como si el nombre de la plataforma nos quisiera decir algo.

Desempleados jóvenes, desempleados de larga duración, trabajadores pobres. Precariado. Personas sin hogar. De entre los malestares, destaca uno, por incómodo: el malestar psicológico.

Los estados de bienestar han ido avanzando y consolidándose, pero el desarrollo personal, en paralelo a las redes sociales –y a veces entremezclándose con ellas– como una parte fundamental del ‘yo’, unido al malestar de no encajar con el canon que se publicita como normal, ha ido propiciando una locura que bien podría ser calificada como la enfermedad del posmodernismo.

La plaga de cisnes negros en la que vivimos no ha hecho sino empeorar la situación. Aunque quizá nos ha hecho también más conscientes de lo que tenemos y de cómo debemos gestionar lo que viene. En este contexto, surgen dos brillantes estados de malestar.

«Las mujeres son las que han asumido el papel de mediadoras, de agentes sociales, de representantes de la pequeña economía, de cuidadoras… por eso recae en ellas el peso psicológico»

Por un lado, la obra de Nina Lykke Estado de malestar (Gatopardo Ediciones) que muestra, sin embargo, la cara más amena de esta narrativa. La autora noruega galardonada con el Premio Brage, y especializada en temas de género, describe cómo es la sociedad en general y, particularmente, la nórdica.

Si bien su narración nos hace empatizar, independientemente de que nuestro modelo de bienestar tienda más al mediterráneo (Los tres mundos del estado de bienestar, 1990, Esping-Andersen), sí sorprende ver cómo las sociedades nórdicas, cuyo modelo de bienestar estudiamos desde que el sociólogo danés nos los presentase en los noventa como modelos casi perfectos y casi inalcanzables, no se quedan fuera de estos malestares. Esto, que ya se viene mostrando a través de series de televisión como Borgen, pone de manifiesto que la sociedad y el modus viviendi presente no hace excepciones.

La protagonista, hastiada de los problemas del primer mundo y presa de unas tecnologías que marcan su existencia, muestra su desazón a lo largo de la obra: «Voy a buscar un baño al que arrojar el móvil, después tiraré de la cadena y a partir de entonces quien quiera ponerse en contacto conmigo que lo haga a través de señales de humo o palomas mensajeras (…) Pero esto es dejar que domine mi existencia otra vez. Tirarlo o aferrarse son dos caras de la misma moneda.»

“El consumismo nos ata de una forma que no dista demasiado de la esclavitud”

Incide en que la abundancia del capitalismo no es sinónimo de felicidad sino de lo contrario, y que el consumismo nos ata de una forma que no dista demasiado de la esclavitud. «Nos han colonizado, pero no lo sabemos. Nos ha colonizado Satán». Lykke presenta a la protagonista y al resto de personajes como seres insaciables que, sin embargo, ya lo tienen todo.

Ana Flecha, traductora de la novela, define la obra de forma muy acertada como «una sátira a la insoportable levedad de la clase media surgida al calor del estado de bienestar».  

La autora muestra desde una primera persona una sociedad individualista (fruto de lo que Lipovetsky alude ya como «segunda revolución individualista»), crítica con lo ajeno, poco introspectiva; y un bienestar hedonista de individuos que palian sus flaquezas y debilidades con fármacos, consultas o especialistas que se erigen en salvadores del ansiado bienestar. Un bienestar que dista de lo que supuso el corpus teórico o jurídico inicial. Esto nos lleva hacia una sociedad más desigual y enferma, aletargada, indigna y cruel, en la que subyace un problema principalmente psicológico.

Lykke se centra en un periodo generacional concreto, la llamada mediana edad que quiere ser joven pero que se separa consciente y reivindicativamente de las generaciones de millenials, y que se ven abocadas a un interregno entre la juventud y la vejez.

«La pandemia de la COVID-19 ha propiciado que los diferentes malestares psicológicos se acentúen»

El segundo estado de malestar muestra su cara más incómoda y cruda, pero sin embargo real. Se trata de la película-documental Estado de Malestar (2019) de María Ruido (reproducida en el Matadero de Madrid, en el Museo Reina Sofía y en el Museu d’Art Contemporani de Barcelona), que aborda de forma analítica los malestares y enfermedades del contexto capitalista y la sociedad de la información y la comunicación.

Ruido trata el sentimiento de tristeza y desazón que a menudo se desarrolla únicamente en la esfera íntima y se palia con fármacos, antidepresivos, o libros de autoayuda en el mejor de los casos. La autora habla de un «voluntarismo mágico» ligado al modelo liberal, que pone todo el peso en la responsabilidad individual, en la voluntad personal. Cada uno es gestor de uno mismo. La felicidad se impone como una obligación. «Si quieres puedes», ergo, si no has podido es que no has querido.

La obra de María Ruido es incómoda de ver, pero esclarecedora. Aborda la fragilidad de los seres humanos, tratando temas tabúes como el suicidio, los trastornos de la personalidad o la depresión. Estos seres humanos que transmiten la historia son mujeres.

«La autora habla de un voluntarismo mágico ligado al modelo liberal, que pone todo el peso en la voluntad personal y en el que la felicidad se impone como una obligación»

Así, se centra principalmente en el papel de la mujer. No es casual que abordemos aquí dos estados de malestar y ambos estén escritos por mujeres y narrados por ellas (en primera persona como Lykke o a modo de documental como Ruido, si bien esta última lo hace desde una perspectiva autobiográfica), pues las mujeres son las que han asumido el papel de mediadoras, de agentes sociales, de representantes de la pequeña economía, de cuidadoras… y es, por eso, en ellas en quien recae el peso psicológico.

El documental muestra el activismo existente en temas de salud mental (Orgullo Loco, La Rara Troupe), el tratamiento irresponsable de la información y las exigencias sociales que terminan rompiendo la estabilidad emocional y psicológica, pero también la fortaleza detrás de todo ello, y el mérito de quienes han conseguido salir o viven insertos en sus propias lógicas sin entrar necesariamente en el marco preestablecido.

«La arquitectura del bienestar no debe descuidar la salud mental, el hormigón psicológico que nos sustenta como sociedad»

Se trata de un tema siempre relevante pero, si cabe, hoy más. La pandemia de la COVID-19 ha propiciado que los diferentes malestares psicológicos se acentúen, cuando nos encaminamos hacia lo que el psiquiatra Guillermo Rendueles denomina «el tiempo de los puercoespines» (Sin salir del túnel: la Sociabilidad del Puercoespín, 2020). El autor considera que «la imagen del puercoespín que por sus púas debe distanciarse de sus semejantes para vivir en sociedad sin dañarse es la imagen que presidirá nuestras relaciones en el futuro próximo y amargo que nos espera (…) Por ello creo que el mercado-mundo del siglo XXI al que llegó el virus y lo mandó parar no tardará en adaptarse a esa sociedad de puercoespines, extrayendo beneficios del desastre».

Es por eso que la arquitectura del bienestar no debe descuidar la salud mental. Cuando citamos el pilar de la sanidad, no olvidemos el hormigón psicológico que nos atañe a todos y que nos sustenta en gran medida como sociedad.

 

IMAGEN: composición de las portadas de las otras de Lykke y Ruido

Julia Giráldez es Administradora Civil del Estado y preparadora del mismo cuerpo en SKR. Actualmente trabaja como Técnica Superior en el Instituto Nacional de Artes Escénicas y de la Música (INAEM). Fotógrafa de corazón.

 

 

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