FRANCISCO JAVIER MARTÍN ROJO

«Nadie ha votado a Draghi, como nadie votó a su antecesor, Giuseppe Conte». Esta aseveración que hizo a finales de febrero el periodista Enric González en su artículo del diario El País «El hombre providencial» condensa muy bien la realidad política actual. Y cuando digo actual, digo la de hoy, en este preciso instante en que el lector, sea en el mismo día de publicación de estas breves líneas, o quizá semanas o meses después, descubra que este párrafo, tal vez, ya esté desfasado.

Italia ha sido de nuevo el exponente, y a buen seguro que no será la última vez, de su caracterización como sistema político convulso, cambiante, y cautivo de su ecosistema multipartidista: un nuevo cambio de presidente del Consejo de Ministros, que no concurriera ante unas elecciones libres, vuelve a poner en tela de juicio la verdadera elección del pueblo soberano, en beneficio de la aritmética parlamentaria y de la apuesta por la tecnocracia ante una situación extraordinaria como es la persistencia de la pandemia del COVID-19, y el nuevo escenario (y reto) que supone la recepción de los fondos europeos y su canalización por los países de la Unión.

Sin embargo, España tampoco es ajena a esta realidad: marzo de 2021 se ha mostrado como un mes de spin doctors, mociones de censura, bloqueos institucionales, convocatoria de elecciones, y en general, de un panorama político tremendamente caótico que empieza a converger hacia una italianización irrefrenable y evidente de su política. Las legislaturas de cuatro años se antojan ya una entelequia, y desde luego la realidad interna de los partidos, sin riesgo a equivocarnos en la afirmación, determinan el momentum y fecha de caducidad de las instituciones.

«¿Existe de verdad algún margen de decisión posible? ¿Es el pueblo el auténtico soberano?»

Estamos hablando de febrero hasta ahora, pero ¿cómo puede quedar tan lejano ya el asalto al Capitolio del mes de enero? Aquellas imágenes con las que se abrieron telediarios, a la par que el año 2021, en plena sesión conjunta del Congreso estadounidense para llevar a cabo la designación final del presidente norteamericano a través de los votos de los colegios electorales supuso, sin lugar a dudas, un antes y un después en la historia norteamericana y también para la democracia occidental.

La simbología desempeña un papel fundamental en toda sociedad, pero cuando nos referimos al juego de la soberanía, aún más si cabe. La ficción que supone y exige la representación soberana a través de parlamentarios —llámese congresistas, senadores, diputados, etc.— por muy reforzada y garantizada que se encuentre en cualquier sistema constitucional, se hace añicos y se muestra muy endeble cuando, un simple sujeto, se muestra exultante en el despacho de la Presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, con los pies encima de la mesa: y como dice el refrán, una imagen vale más que mil palabras.

Tal vez esta sea una de las esencias de la idea de soberanía: que en su máxima fortaleza, que son los representantes elegidos democráticamente, se pueda apreciar a su vez, su principal fragilidad, la facilidad con la que todo este sistema y juego de creencias y ficciones jurídico-políticas se puede quebrar y resquebrajar por completo en tan solo un instante.

«El ensayo hace un análisis histórico-político del concepto de soberanía, seguido de acontecimientos de este siglo XXI con el fin de intentar ofrecer respuestas»

Inevitablemente, en torno a todos estos acontecimientos, rondan las mismas preguntas y estado de la cuestión: ¿dónde queda entonces la voluntad soberana?, ¿existe en puridad algún margen de decisión posible?, o dicho de otro modo, ¿es de verdad el pueblo el auténtico soberano, cuando en realidad este parece ser quien sigue y persigue el ritmo que se marca desde las instituciones y son los acontecimientos políticos los que le van marcado el devenir futuro?

De estas y otras cuestiones, precisamente, versa el ensayo La soberanía pulverizada. Un análisis histórico-político del concepto, seguido de acontecimientos de este siglo XXI, tales como el Brexit o el ascenso de los llamados «hombres fuertes» en el poder, con el fin de intentar ofrecer posibles respuestas a las preguntas que se acaban de formular. No obstante, parece difícil aventurar una respuesta posible a una realidad que per se podría decirse que resulta superada por la propia velocidad de sus acontecimientos.

Sin embargo, lo que sí resulta seguro, si adoptamos la terminología baumaniana de la realidad y modernidad, es que la idea de soberanía no escapa a todas estas dinámicas y solo el tiempo dirá si estamos simplemente ante una soberanía líquida o, efectivamente, ante una soberanía liquidada.

 

Francisco Javier Martín Rojo pertenece al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado y es autor del ensayo La soberanía pulverizada, primer título de la colección Micromiradas de SKR Ediciones.

 

Puedes leer las primeras páginas de La soberanía pulverizada y adquirir el ensayo en este enlace

 

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