ISABEL MAÍLLO

Que en la Unión Europea «no nos une el amor sino el espanto», incluso en el año 2021, no lo podía saber Borges cuando escribió la frase que sería después citada y recitada para, fuera del poema en el que fue concebida, definir la esencia de la construcción europea.

La Unión Europea, esa tierra que tiene por bandera los derechos humanos, que surgió de las cenizas de la guerra y que se hará en las crisis (si Monnet levantara la cabeza, pensarán algunos), Unión en eterna encrucijada de la que nadie conoce mínimamente la dirección de salida, queda perfectamente capturada por Ivan Krastev en la reciente obra Is It Tomorrow Yet? Paradoxes of the Pandemic

Krastev, que arrojó buena luz al fenómeno con After Europe, afronta ahora en este breve ensayo un tema tan manido como es la pandemia, el papel de la UE en ella y sus perspectivas de futuro. En él, expone sin perder tensión narrativa cosas que ya sabíamos, y otras en las que quizás no habíamos reparado, del escenario global del último año, poniendo la lupa en la maltratada UE.

El relato gira en torno a la idea de la gran paradoja que supone la vuelta al Estado nación como solución a un reto que nos ha hecho compartirlo todo a nivel global. Así, Krastev analiza aspectos que probablemente ya conocíamos del horizonte actual, siendo uno de ellos el papel que esta crisis ha tenido como amplificador de tendencias globales tales como el retorno del Estado, el auge de los nacionalismos, el declive del dominio global de Estados Unidos o la aparición de nuevas caras de la desigualdad (véase el desigual acceso a la atención sanitaria o la diferente distribución del riesgo de infección entre jóvenes y mayores).

«Krastev llama la atención sobre la implementación de medidas impensables hace una década, que suenan a fondos de recuperación y coronabonos, lo que lleva al autor a preguntarse si las reglas bajo las que hemos vivido hasta ahora eran realmente necesarias»

El autor analiza también la cantidad de certezas que se han esfumado con la llegada del coronavirus, tanto en lo relativo a la suspensión de las libertades básicas en que se fundamenta el proyecto europeo, como a la puesta en pausa de la democracia mediante los estados de emergencia y del propio capitalismo a causa de la paralización del comercio global. Así, Krastev llama la atención sobre la implementación de medidas impensables hace una década, que suenan a fondos de recuperación y coronabonos, lo que lleva al autor a preguntarse si las reglas bajo las que hemos vivido hasta ahora eran realmente necesarias.  

Por otra parte, como se ha señalado, el autor nos lleva a sitios menos comunes mediante interesantes reflexiones en el marco de la crisis sanitaria en las que quizás no todos habíamos reparado.

Por experiencia histórica, Krastev argumenta que la pandemia, ese gran tortazo que nos ha dado el mundo a la generación que pasaba por él a principios de este siglo, pasará sin pena ni gloria por los libros de historia por no tener la acción, las batallas y las pasiones que caracterizan a guerras y revoluciones.

«No ha sido la naturaleza del régimen político el factor principal en el éxito o fracaso de las medidas tomadas por los gobiernos, sino otros elementos como la experiencia previa en la gestión de crisis sanitarias o la confianza social en las instituciones»

Por otro lado, a diferencia de lo que se ha venido argumentando, el autor señala que la dicotomía democracia/autocracia no ha tenido especial relevancia en la gestión de la crisis. La idea de que «si viviéramos en una dictadura esto no nos habría pasado» no la compra Krastev, afirmando que no ha sido la naturaleza del régimen político el factor principal en el éxito o fracaso de las medidas tomadas por los gobiernos, sino otros elementos como la experiencia previa en la gestión de crisis sanitarias o la confianza social en las instituciones. Así, para Krastev, la respuesta global al coronavirus ha difuminado (y no acentuado) las líneas entre diferentes tipos de regímenes, por lo que la transformación interna de estos sistemas, más que la transición hacia uno de ellos, va a ser el legado de la COVID-19.

Otra de las reflexiones llamativas que encontramos en el ensayo es la idea de que China no saldrá reforzada de la pandemia. Y ello, argumenta, porque el sentimiento ‘antichino’ generado los primeros meses de la crisis, las tendencias hacia la desglobalización y la rivalidad con Estados Unidos hacen tambalear la estabilidad de un régimen legitimado en su capacidad de proporcionar crecimiento económico ininterrumpido.

Asimismo, el autor sostiene que el elemento derivado de la crisis del coronavirus que más afectará a las democracias a largo plazo es la imposibilidad de que los ciudadanos se reúnan para reivindicar sus ideas de manera colectiva. Si bien el derecho al voto no se ha visto totalmente restringido, Krastev entiende que las manifestaciones o los mítines son la esencia de la democracia, pues generan un sentimiento de pertenencia que el sufragio no puede proporcionar. En un momento en que el término democracia reviste tantos matices, la imposibilidad de que una masa enfadada exprese su descontento en las plazas desdibuja, para el autor, la línea que diferencia las sociedades libres de las que no lo son.

«El elemento derivado de la crisis del coronavirus que más afectará a las democracias a largo plazo es la imposibilidad de que los ciudadanos se reúnan para reivindicar sus ideas de manera colectiva»

Ya centrándose en la Unión Europea, Krastev hace una interesante comparación entre la crisis sanitaria y las ya ‘otras crisis’ de la UE (terrorista, financiera y migratoria). El autor, si bien entiende que existen rasgos comunes como las medidas de vigilancia a la población o el cierre de fronteras, resalta la excepcionalidad de la situación actual, argumentado que ha sido la COVID-19, y no los desafíos anteriores, el fenómeno que ha puesto contra las cuerdas los fundamentos del proyecto europeo al cuestionar la idea de que la interdependencia es la fuente más fiable de seguridad y prosperidad.

La obra de Krastev pasa de puntillas, pero hilando fino, sobre tendencias muy de actualidad como el fenómeno de los nacionalismos y su comportamiento en tiempos de pandemia, las trasformaciones que se han producido en el último año en la dicotomía campo/ciudad o el fortalecimiento de la presencia de gobiernos locales e identidades regionales en el marco de la crisis sanitaria.

«La COVID-19 ha dejado patente que el nacionalismo es económicamente insostenible, particularmente en Europa, donde el único proteccionismo posible es aquél que surge de la asociación con el resto del continente»

Las conclusiones del ensayo nos llevan siempre a esa paradoja que hila la ‘no historia’ de la pandemia, esto es, cómo en un momento en el que la mayoría de los humanos compartíamos miedos y frustraciones, dolores de cuerpo varios por ejercicios de youtubers y situaciones ridículas teniendo conversaciones con micrófonos cerrados, las soluciones globales construidas el siglo pasado para dar respuesta a esos riesgos mundiales que hace un año parecía que no acababan de llegar, o no a la puerta de nuestras casas, han brillado por su ausencia.

En este contexto paradójico, Krastev es sin embargo optimista respecto del futuro de la Unión Europea. Pese a sus dificultades iniciales ante la situación de caos sanitario y económico, entiende que la UE se presenta como la solución única posible. Y ello, según el autor, no es tanto por la adhesión del proyecto europeo a los grandes valores liberales que sostuvieron su construcción el siglo pasado, sino por las presiones hacia la desglobalización, que están impulsando la integración europea. Es decir, que es esa necesidad de satisfacer los intereses de cada Estado lo que va a hacer la integración más fuerte, pues la COVID-19 ha dejado patente que el nacionalismo es económicamente insostenible, particularmente en Europa, donde el único proteccionismo posible es aquél que surge de la asociación con el resto del continente.

Tras el interesante análisis de Krastev, uno se queda pensativo y algo confuso, confiando en que no se cumpla la imagen que evoca el autor en un momento del ensayo, en la que los ciudadanos que vivían en el territorio del Imperio Romano en las últimas décadas del mismo no eran ya siquiera conscientes de pertenecer a este, y esperando que, aunque nos pese, el espanto siga teniendo la capacidad de unir el proyecto europeo.

 

Isabel Maíllo es miembro del Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado y preparadora del mismo en SKR. Actualmente trabaja en el Ministerio de Ciencia e Innovación.

 

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