ANDRÉS VILLENA OLIVER

¿Qué tienen en común altos directivos público-privados como Luis de Guindos, Cristina Garmendia, Carlos Espinosa de los Monteros o Eduardo Serra? ¿Integran acaso un reducido y selecto grupo que conspira en la sombra para que sus preferencias se conviertan en las de toda la población? ¿Por qué, si no, figuran en puestos claves de la estructura social?

Las cosas no son, generalmente, lo que parecen; pero, además, las narrativas apasionantes, atractivas, y con frecuencia, adictivas, deben ser relegadas a un ocio edificante, y no caer dentro del campo del análisis social, que debe ser desapasionado en sí mismo para que pueda resultar honesto con los demás.

«Las dinámicas de décadas y siglos han llevado a una configuración del poder que determina la existencia de una serie de personas que se mantienen en la cúspide de la estructura social»

Como analizo en mi libro Las redes de poder en España (Roca Editorial, 2019), no hay un lado oscuro, ni una conspiración pedófilo-satánica entre bambalinas. Ni siquiera una conjura judeomasónica para regir los destinos de nuestra sociedad. Las dinámicas de décadas y siglos han llevado a una determinada configuración del poder que, como en otros países, determina la existencia de una serie de personas que se mantienen de manera persistente en la cúspide de la estructura social, con la posibilidad de adoptar decisiones que nos afectan a todos. Se trata de lo que el brillante y lúcido sociólogo Charles Wright Mills denominaba a finales de los años 50 una «élite de poder».

Directivos como los mencionados más arriba cuentan con los atributos propios de lo que el pensador italiano Wilfredo Pareto denominaba la élite: una excelente presencia, una notable oratoria, una gran cualificación técnica, una envidiable experiencia profesional y un tranquilizador patrimonio. Pero hay mucho más: una variable imprescindible de cuantificar y que, asimismo, corre en paralelo y retroalimenta todas estas anteriores cualidades. Son los vínculos y relaciones que estas personas establecen entre sí.

Si por algo destacan estos directivos, que el sociólogo norteamericano Michael Useem adscribiría a su inner circle -círculo central del mundo de los negocios que aspira a influir en las políticas estatales-, es por el hecho de contar con una gran acumulación de relaciones sociales, un capital social que queda multiplicado por la intensidad de sus nexos y la ubicuidad de las instituciones ocupadas por muchos de sus contactos más estrechos.

«A partir de su CV se podría diseñar una red personal con vínculos clave a personas y grupos de poder, un currículum relacional que explica mucho, incluso más, de su carrera profesional»

Como todo el que vive en sociedad, estos directivos habitan redes sociales -algo mucho más abstracto, concreto y abierto que Twitter o Facebook, en realidad-, es decir, un entramado de vínculos que los mantienen conectados, informados y cohesionados y que, además, los enlazan con diversos ‘mundos’ sociales que se retroalimentan. Luis De Guindos, por ejemplo, es Técnico comercial economista del Estado y ha trabajado como alto dirigente gubernamental —tanto con José María Aznar y Rodrigo Rato como con Mariano Rajoy—, pero también ha participado y dirigido grandes empresas financieras, eléctricas, de consultoría, informáticas, farmacéuticas, de comunicación…

Presente también en organismos autonómicos madrileños, universidades privadas y vinculado a fundaciones de pensamiento conservador, De Guindos ejerce en la actualidad como vicepresidente del Banco Central Europeo. En su Currículum Vitae podrán figurar todos estos puestos, pero a partir de este se podría diseñar una red personal -o egonet, para algunos analistas de redes- con vínculos clave a personas y grupos de poder, un currículum relacional que explica mucho, incluso más, de la carrera profesional de este alto directivo.

«Capaces de identificar interés empresarial con el nacional, este tipo de liderazgo conforma una selecta minoría que acumula posiciones estratégicas en la sociedad española»

Eduardo Serra, abogado del Estado, atesora una larga carrera administrativa y gubernamental en la que ha hecho casi todo: asesor jurídico de varios ministerios en la Transición, fue reclutado como subsecretario por el ministro de Defensa Alberto Oliart, de la Unión de Centro Democrático. El triunfo socialista tras las elecciones de 1982 no lo dejó precisamente en la calle, sino que incluso lo llevó hasta la secretaría de Estado del ministerio, unos años antes de que España reafirmara a través de referéndum su pertenencia a la OTAN. Posteriormente, Serra pilotó la Fundación de Ayuda Contra la Drogadicción (FAD) —presidida por la Reina Sofía— y el Desafío España 92 Copa de América, sociedad en la que el entonces Príncipe y ahora Rey Felipe de Borbón jugó un papel estelar, como se comprobaría en las Olimpíadas de Barcelona de 1992.

Eduardo Serra volvió a Defensa en el primer gobierno de Aznar (1996-2000), esta vez como ministro, para después recalar en otra institución de cuño monárquico: el Real Instituto Elcano de Estudios Estratégicos. En el curso de este laberinto institucional, este alto funcionario dirigió empresas de tecnología militar, farmacéuticas, de armamento, transportes, finanzas, medios de comunicación, entidades de I+D… En la actualidad, Serra preside la Fundación España Constitucional, Transforma España y DigitalES, la patronal de las grandes empresas tecnológicas en nuestro país. Se trata de uno de los ministros más activos en lo que algunos denominan la sociedad civil, pero que en realidad es una prolongación cívica de un mundo empresarial en el que numerosas carreras políticas y administrativas han encontrado generoso cobijo, como es tradición desde mucho antes de la fundación de nuestra democracia.

«Estos hombres y mujeres clave acaban voluntariamente atrapados en una red endogámica e informativamente redundante, lo que termina por erosionar la credibilidad de las instituciones, la democracia y el bienestar de los ciudadanos»

Los expuestos son dos casos de lo que podríamos denominar mandatarios o estadistas público-privados, dos hombres con una fuerte vinculación a las grandes empresas y, también, a las instituciones gubernamentales, que ejemplifican y reflejan la delgada línea roja que existe entre entidades privadas, gobierno y Administración pública, con una materialización más realista en una red de posiciones mixtas clave para el gobierno de los asuntos públicos y privados. Capaces de identificar interés empresarial con el nacional -la Secretaría de Estado de la Marca España bajo Espinosa de los Monteros, expresidente de Mercedes Benz, en 2012, es un ejemplo claro-, este tipo de liderazgo conforma una selecta minoría que acumula posiciones estratégicas en la sociedad española.

Pero a veces, la virtud y el vicio pueden ser cuestión de perspectiva. Cuando esta concentración de poder económico y político deviene en una progresiva separación de la realidad social de la mayoría, estos hombres y mujeres clave acaban voluntariamente atrapados en una red endogámica e informativamente redundante, lo que termina por erosionar la credibilidad de las instituciones, la democracia y el bienestar de los ciudadanos. Y es que no solo son los partidos políticos los que, siguiendo al pensador alemán Robert Michels, acaban presa de la denominada «ley de hierro de la oligarquía». Dicha ley es de aplicación a todo ámbito social en el que un solidificado fin acaba justificando todo medio.

«Nos encontramos en un periodo en el que lo que Juan Linz denominaba “la quiebra de las democracias” se ha vuelto más que verosímil»

Si Ortega y Gasset reflexionó hace casi un siglo sobre los riesgos inherentes a la entonces creciente «rebelión de las masas», Cristopher Lasch ya nos advirtió hace no tanto de la no menos lesiva «rebelión de las élites», un divorcio con orden de alejamiento entre quienes más capacidad de decisión detentan y una masa poblacional en la que el descreimiento, la anomia y los comportamientos destructivos han dado ya preocupantes señales, mayores aún con los fenómenos recientes.

Si las desigualdades y, con ellas, la existencia de élites que tienden a alejarse de las mayorías, representan una condición inherente a la estructura social -una condición que, en muchos casos, puede producir externalidades positivas de diversos tipos-, dichas élites podrían ver llegado el momento de convertir su gran capacidad relacional y profesional en un importante activo público. Nos encontramos en un periodo en el que lo que Juan Linz denominaba «la quiebra de las democracias» se ha vuelto más que verosímil. Una buena colaboración con vistas al largo plazo en relación con las inversiones del plan de recuperación de la Unión Europea podría representar un primer paso, condición necesaria pero no suficiente para contribuir a mejorar la calidad de nuestro sistema democrático. Es tiempo de pacto, y el inner circle tiene mucho que ofrecer, mucho más allá de una responsabilidad corporativa que se queda corta ante los continuos desafíos existentes. No nos vendría nada mal que nuestro país pudiera disfrutar del impulso de un potencial hasta el momento desaprovechado.

FOTO: freepik.es (@pressfoto)

 

Andrés Villena Oliver es colaborador en la Escuela de Gobierno y Transformación Pública SKR y autor del libro Las redes de poder en España. Élites e intereses contra la democracia (Roca Editorial, 2019)

 

 

 

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