Un momento, Doc, ¿De qué estás hablando?, ¿Qué nos ocurre en el futuro?, ¿Nos volvemos gilipollas o algo parecido?

FÉLIX CANTERO

El denominado Efecto Flynn alude al teórico incremento continuo, generación tras generación, del cociente intelectual de la especie humana. Son muchas y diversas las discusiones alrededor de esta constatación, pero ponen de manifiesto la importancia que el rendimiento de nuestras mentes tiene y ha tenido desde siempre.

Con la salvedad de los períodos de convivencia competitiva con otras subespecies que acabaron trágicamente sin segundos premios, el sapiens sapiens ha tenido el monopolio de la inteligencia avanzada sobre la faz de la tierra y, poco a poco, gracias a esta ventaja evolutiva ha podido progresar técnicamente.

Llegados a la tercera década del siglo XXI, los adalides del cambio nos anuncian que estamos enfilando la senda que nos permitiría alcanzar la creación de un intelecto artificial equivalente o superior al nuestro a través de los vericuetos que se van desbrozando. La cuestión no es tanto el cuándo o el cómo llegará o, incluso, si llegaremos a verlo algún día, sino contemplar la cuestión en su conjunto y, sobre todo, qué podría suceder acto seguido de tal advenimiento y las cautelas a adoptar en consecuencia.

«Poco nos esperábamos que las tecnologías de la comunicación fueran un revulsivo que afectara a tantas y tantas facetas de la vida diaria y la organización social»

Para ilustrar comparativamente dicha eventualidad nos hace falta echar mano al bolsillo de un ciudadano occidental, pero no ahora sino hace unos veinte o veinticinco años. Posiblemente ahí metido o, si retrocedemos más, colgando de la cintura cual pistolera de vaquero trasnochado, estaría un dispositivo de telefonía GSM. Quizá incluso fuera de los primeros modelos analógicos. Su tenencia comenzó a ser un signo de poder adquisitivo y permitió algún que otro uso adicional a la mera (y prohibitiva) comunicación por voz sin cables. Apenas nadie podía entrever lo que traerían realmente los tiempos venideros cuando oíamos hablar de las maravillas futuras de las subsiguientes generaciones.

Si a esa persona orgullosa de su pequeño gran ladrillo se le hubiera hecho saltar décadas de golpe metido en el legendario Delorean y se le hubiera mostrado la actualidad, probablemente se habría quedado boquiabierto por las funcionalidades que a día de hoy nos ofrece nuestra pequeña baldosa brillante. No obstante, al margen de virguerías audiovisuales, de comunicación o de geoposicionamiento, damos por seguro que el asombroso cambio social que ha traído aparejada la maquinita de marras también le resultaría sorprendente.

«Este pequeño botón de muestra nos debería alertar sobre lo agazapados y raudos que llegan los cambios disruptivos, tal y como podría ser el de la inteligencia artificial en toda su amplitud»

A nosotros también nos asombra. Poco nos esperábamos que las tecnologías de la comunicación fueran un revulsivo que afectara a tantas y tantas facetas de la vida diaria y la organización social. Bien mirados, nuestros dispositivos son anabolizantes y prótesis que nos permiten hazañas impensables años antes, pero esconden un lado bastante oscuro que idiotiza y da alas a los más bajos instintos humanos. En poco más de una década nos han cambiado las costumbres, el ocio, las relaciones, el umbral de atención, los posibles oficios y la forma en que percibimos la cotidianeidad.

Este pequeño botón de muestra nos debería alertar sobre lo agazapados y raudos que llegan los cambios disruptivos, tal y como podría ser el de la inteligencia artificial en toda su amplitud. Por supuesto, éste no nos resulta un asunto totalmente ajeno, pues los medios de comunicación frecuentemente dedican atención al tema y las artes audiovisuales y literarias hace décadas que fantasean con la llegada de una mente artificial, pero no son demasiados todavía los que elucubran con rigor sobre los peligros y consecuencias de perder la exclusiva del pensamiento en la tierra.

«Preguntémonos si la inteligencia artificial tiene previsto llegar acompañada de mucha estupidez natural, la cual es un elemento en sobreabundancia»

Leyendo a algunos de ellos es como se ha gestado el pequeño ensayo titulado Inteligencia artificial y cultura pop, que no deja de ser una recensión o glosa (pretendidamente simpática) de sesudas ideas ajenas salpimentada con lo que el cine, la televisión o la literatura nos ha ido contando. Esto último constituye un apoyo cultural y colectivo un poco más ameno y cercano que la cita bibliográfica clásica y busca que el lector saque en limpio, al menos, alguna que otra sugerencia de visionado o lectura para divertirse un rato mientras dure esta realidad tan «peculiar» en la que nos encontramos actualmente.

El texto ha tenido la buena fortuna de ser prologado por Javier Pedreira “Wicho”, divulgador tecnológico, responsable de informática de los Museos Científicos Coruñeses y cofundador de Microsiervos, uno de los blogs sobre ciencia y tecnología en español más leídos y longevos.

Finalmente, reseñar que la frase que da inicio a este texto, como seguramente habrán identificado, pertenece al intrépido Marty McFly, personaje de la primera parte de la trilogía cinematográfica de Regreso al Futuro (1985). Al unísono con él, preguntémonos si a lo mejor la inteligencia artificial tiene previsto llegar acompañada de mucha estupidez natural, la cual, como dijo aquel científico despeinado que ha pasado a ser un icono de la cultura popular, es un elemento en sobreabundancia.

Sobre todo en el que perpetra estas líneas, pues el origen de la cita es cuando menos incierto.

IMAGEN: Félix Cantero

 

Félix Cantero pertenece al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado y autor del ensayo Inteligencia artificial y cultura pop, segundo título de la colección Micromiradas de SKR Ediciones.

 

Puedes leer las primeras páginas de Inteligencia artificial y cultura pop y adquirir el ensayo en este enlace

 

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