DAVID NIETO

Reseña del libro Entender la Rusia de Putin, de Rafael Poch de Feliu

En la película Los lunes al sol un emigrante recién despedido de una industria astillera española cuenta un chiste que circula por su país, Rusia. Se ven dos viejos camaradas comunistas y uno le dice al otro: «Ves, todo lo que nos contaban del comunismo era mentira». El otro responde: «Sí, y aún peor, todo lo que nos contaban del capitalismo era verdad».

Rafael Poch subtitula su libro De la humillación al restablecimiento. En sus páginas, quien fuera corresponsal en Moscú entre 1988 y 2002, nos lleva de paseo por la historia para comprender el proceso de homologación capitalista de la antaño superpotencia mundial.

«Para aquellos que deseen ir más allá de la mera caricatura del presidente y los hackers rusos»

En el primer capítulo, quizás el más brillante, Poch se adentra en Las raíces de la autocracia, un análisis omnicomprensivo para entender el supuesto carácter único del pueblo ruso, sancta sanctorum de la visión nacionalista que envuelve la recuperación del Estado en la Rusia actual. Según Rafael Poch, tres factores habrían modelado la psique colectiva eslava.

Por un lado, destaca el papel de la Iglesia Ortodoxa. A diferencia de la Iglesia Romana, centralizada en torno a la todopoderosa figura del Papa, los ortodoxos se organizan apoyándose en obispados autónomos e independientes (¿soviets?). Para lograr  cierta unidad y cohesión, históricamente, estos micropoderes han requerido el tutelaje de una figura política, fuera el emperador bizantino, Stalin, o, actualmente, Putin.

«El Estado moscovita se encarna en la figura del zar, quien se comunica con el pueblo directamente, sin los cuerpos intermedios habituales en los Estados Occidentales»

El segundo factor que condiciona la psicología social rusa sería el despotismo. Desde sus orígenes, vinculados a la descomposición de los janatos asiáticos y a la caída de Constantinopla en el siglo XV, el Estado moscovita se encarna en la figura del zar, quien se comunica con el pueblo directamente, sin los cuerpos intermedios habituales en los Estados Occidentales. El pacto y el consenso se perciben como símbolo de debilidad. Cuando el zar es débil, como sucedió a principios de los siglos XVII, XX y XXI, ad-intra el país se sume en el  caos y, ad-extra es víctima del intervencionismo extranjero. Smuta es la palabra rusa creada para describir ese estado de anomia. Autocracia o muerte.

El último determinante de la mentalidad rusa sería lo que Rafael Poch denomina el universo campesino. Inviernos largos y fríos, comunidades rurales punteando un vasto territorio (unas 34 veces la extensión de España) sin apenas lazos entre sí, la costumbre convertida en única fuente de derecho. El ganado escasea y las malas cosechas son frecuentes. Mientras el campesino occidental dispone de casi diez meses al año, los rigores del clima y del medio ambiente ofrecen a los campesinos rusos apenas cuatro meses para realizar las tareas agrícolas. El autor describe a los ciudadanos rusos como «náufragos terrestres», cuya ética cristaliza en tradición, rechazo a la autoridad y pasividad. El resultado, en agregado, es la conformación de una «masa social inorgánica».

«El autor describe a los ciudadanos rusos como náufragos terrestres, cuya ética cristaliza en tradición, rechazo a la autoridad y pasividad.»

El segundo capítulo versa sobre la disolución de la URSS. Lejos de las teorías dominantes, el autor se apoya en tres grandes razones para explicar la caída de lo que Kapuscinski llamara el Imperio soviético. La primera de ellas sería la técnico-instrumental: la existencia de grupos de poder con intereses contrapuestos en el seno de la nomenklatura del régimen. La segunda razón que habría motivado el fin de la URSS sería la degeneración de su élite y los intereses particulares de sus miembros. Para explicarlo, Poch cita a Trotsky, quien afirmaba que «el privilegio solo tiene la mitad del valor si no puede ser transmitido por herencia a los descendientes; es insuficiente ser director de un consorcio si no se es accionista». De ahí el troceo de la URSS en diciembre de 1991 mediante acuerdo suscrito por los dirigentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia, que dejaron de ser «casta administrativa» para ser «clase propietaria». La tercera causa de la descomposición de la URSS habría sido de índole espiritual. El comunismo había dejado de ser una «fantasía concreta», una religión laica. Sin ese pegamento social, la cohesión y unidad de aquel crisol cultural no podía durar por mucho tiempo.

«Putin Acaba con la smuta, restablece el poder de Rusia en el plano internacional, devuelve a sus ciudadanos el orgullo nacional y ordena una economía perfectamente insertada en el circuito global de producción»

En el último capítulo Poch presenta la Rusia postsoviética, una vez insertada en el «sistema mundo» capitalista. Primero, ofrece datos para dar cuenta del desastre social que a principios de los 90 hizo desplomarse casi diez años la esperanza de vida. La vasta clase media construida durante la etapa soviética comprobó cómo lo que habían ahorrado durante décadas, apenas daba para comprar un viejo par de zapatos. Una cajetilla de cigarrillos americanos costaba lo mismo que tres toneladas de petróleo. Los obreros cualificados y los profesores universitarios se convirtieron en marginados sociales. Yeltsin daba una pésima imagen en los foros internacionales y los asesores del gobierno de EEUU redactaban directamente los decretos presidenciales. La OTAN acogía como miembros a los antiguos integrantes del Pacto de Varsovia, aprovechando la coyuntura y violando acuerdos como la «Carta de París». Nuevas bases militares americanas se instalan en Japón y Corea del Sur. A todo ello cabe sumar las intervenciones occidentales en lo que fueron aliados históricos de Moscú: Irak, Libia, Siria.

Putin viene a ser, según Poch, un nuevo zar, un príncipe maquiavélico del siglo XXI. Acaba con la smuta, la anomia social, restablece el poder de Rusia en el plano internacional, devuelve a sus ciudadanos el orgullo nacional y ordena una economía ya perfectamente insertada en el circuito global de producción. A nivel interno, el rol de Putin consiste fundamentalmente en apuntalar la autocracia. Embrida los apetitos económicos de los oligarcas y configura una pseudodemocracia hostil al pluralismo con un parlamento «de bolsillo», en palabras del autor. Orienta las estratégicas industrias extractivas en clave nacional e interviene con asertividad para garantizarse el control de sus antiguas zonas de influencia a nivel internacional. Reposiciona a Rusia como actor relevante a escala mundial y redimensiona y potencia sus fuerzas armadas, alcanzando acuerdos estratégicos con China y otros países buscando ejercer de contrapeso a la hegemonía norteamericana.

Sin filias ni fobias, a base de argumentos históricos y datos respaldados por una extensa bibliografía, el autor construye un texto ameno y de gran valor para aquellos que deseen ir más allá de la mera caricatura del presidente y los hackers rusos, para alejarse de un magma mediático que Poch describe como un «pluralismo de propagandas». En definitiva, un buen libro para escapar del «pensamiento único».

 

David Nieto es Administrador Civil del Estado y preparador de CSACE en SKR Preparadores. Actualmente trabaja en la «División de Atención al ciudadano, transparencia y publicaciones» del Ministerio de Ciencia e Innovación.