Enrique Cortés no es muy optimista. No cree que el COVID-19 vaya a cambiar una esfera política y administrativa, que se parece cada vez más a un ring de boxeo. Recomienda «calma y colaboración, porque solo así encontraremos a los líderes políticos capaces de afrontar la gran reforma del Estado que necesitamos». Habla claro al reclamar «más sentido común y menos visceralidad», mientras en estos tiempos convulsos, apela a los ciudadanos pidiéndoles «responsabilidad para poner su granito de arena en la consecución de los asuntos generales».

Él, que como Administrador Civil del Estado ostentó distintos puestos directivos dentro de la Administración Pública española, cree que gran parte de la clave de la reforma del Estado está en la reorganización de las Administraciones Públicas. Por eso aboga por un nuevo armazón que articule un federalismo colaborativo.

Valora mucho el talento que hay en la Administración Pública y su capacidad para captarlo, pero admite que «al final el aparato lo tritura». Quizá por ello, hoy dirige la Escuela de Gobierno y Transformación Pública SKR – UAX desde la que intenta promover nuevos criterios dentro de las administraciones que estimulen la profesionalidad, el reconocimiento del mérito interno y la buena gestión del talento.

Distintos recursos sanitarios, distinto nivel de desconfinamiento, distintos comportamientos de los ciudadanos… ¿Somos todos los españoles iguales ante el COVID-19, como señala la Constitución Española, e independientemente de dónde vivamos?

Obviamente no. España es un país muy pequeño con una enorme asimetría en la asignación de los recursos públicos. No es lo mismo vivir en una determinada zona de la denominada España vacía que en los grandes núcleos urbanos o en las Comunidades más ricas. Y la prestación de servicios sanitarios y en general de servicios públicos no es la misma en todo el territorio. Lamentablemente, esta crisis ha puesto de manifiesto esto y de una forma evidente.

Tenemos que entender que para conseguir mayor cohesión social hay que repensar una nueva reasignación de recursos o al menos una nueva planificación, más amplia y mejor, para tratar de paliar los efectos desiguales de esta pandemia y de la prestación de servicios públicos en nuestro territorio.

¿Está el COVID-19 poniendo más en evidencia que nunca las diferencias entre partidos políticos, ciudadanos y las distintas Administraciones Públicas del Estado, Comunidades Autónomas, gobierno local?

¡Mira la actualidad! Es evidente que los partidos políticos no están a la altura de los ciudadanos en esta crisis y son ellos los que dirigen a las Administraciones. Todos están jugando a tocar la partitura de la gresca como si fuesen la orquesta del Titanic en medio del desastre. Y mientras los ciudadanos y la sociedad sucumben a un desastre sin paliativos, social y económico. La pedagogía política necesaria para generar colaboración, lealtad y alinear a todos los agentes en la superación de esta crisis es una asignatura pendiente para la clase política española.

Y la Administración Pública en el exterior, usted que la conoce bien por su experiencia internacional, de la que nadie habla, ¿qué?

Este caso es bastante representativo de la necesidad de una reforma de la Administración Pública española porque es una de las grandes reformas pendientes. Tanto en su componente profesional, como en su función  y procedimientos, como en general en términos de modernidad, de responsabilidad y de compromiso. Es una administración envejecida, en manera de pensar, en procesos, en carrera  y en función. Cuando se realice una reforma de la Administración Pública este debería ser uno de los temas clave y esenciales en esa reforma.

Con la ley en la mano, ¿está justificada la recentralización de competencias y poderes en manos del Gobierno central durante esta crisis?

En una situación de crisis como la que estamos viviendo la necesidad de centralizar las competencias y los poderes dependen de la capacidad de gestión desde el centro. Porque si no se corre el peligro de deslegitimar la estructura del Estado. Esto ya se ha tratado desde la filosofía política y el derecho constitucional, desde los famosos debates entre Kelsen y Smith sobre quién debe ser el defensor de la Constitución. La capacidad para centralizar competencias debe ser proporcional a la capacidad de gestión. Si desde el Gobierno central se ofrece una solución de mayor eficacia y compromiso centralizando competencias desde luego que está justificada. Pero habrá que ver al final con el tiempo, si esa centralización de competencias ha surtido mejores efectos que si se hubiera dejado en las Comunidades Autónomas gestionar de manera autónoma independiente de esta crisis.

Pero entonces, ¿era estado de alarma o de excepción?

Aunque estamos inmersos en un debate jurídico muy interesante al respecto, lo cierto es que alguna medida debía adoptarse. Respecto a si es estado de alarma o estado de excepción hay una línea muy fina que afecta a la extensión y al condicionamiento de los derechos fundamentales y las libertades públicas.

Creo que después de haberse adoptado el estado de alarma con varias prórrogas sucesivas, y las que parece que aún quedan, debería haberse afrontado de manera abierta la necesidad de establecer el estado de excepción si de verdad era necesario. Se ha prorrogado más de dos meses el estado de alarma cuando la propia constitución establece una limitación temporal menor para el estado de excepción. Es algo que deberíamos pensar.

Por otra parte, es necesario darse cuenta de los modelos de otros países donde no es necesario una actitud tan vehemente y contundente por parte del Estado y se han podido utilizar otros elementos como la Ley de Salud Pública o algunas otras leyes que permitiesen canalizar las limitaciones, sin ofrecer una respuesta tan omnipresente del Estado en la vida de los ciudadanos.

¿Todo esto es un problema filosófico entre estatismo, soberanía y/o gobernanza compartida?

No sé si es un problema filosófico, pero desde luego es un problema real que afecta a la relación de los ciudadanos. En algunos países no ha sido necesaria una actitud tan instructiva ni prescriptiva por parte del Estado, sino una actitud de sugerencia en la que los ciudadanos han ejercido corresponsablemente con el Estado para conseguir los resultados. En algunos países nórdicos, que llevan un Lutero dentro, solo ha sido necesario una sugerencia por parte del Estado para que los ciudadanos se alineasen inmediatamente.Seguimos manteniendo un apego a la verticalidad  del poder y menos a la horizontalidad, más a que nos obliguen que a que nos convenzan. Es una mezcla de cultura política y el nivel de madurez de la sociedad.

Ha sido usted líder en el sector público muchos años, ¿qué habría hecho usted distinto en esta crisis en la coordinación entre Administraciones?

Gracias por la parte que me toca, pero más que líder diría que he trabajado en el sector público en puestos directivos muchos años.  Ser líder implica muchas cosas (liderazgo, capacidad de generar esperanza, innovación, madurez, visión, etc.) de las que estamos vacíos en el sector público. Pero a lo que vamos, es fácil hablar desde fuera, creo que al día siguiente todos somos sabios. La situación era muy compleja y muy difícil, además de que veníamos de una situación de mucho enconamiento político entre las Comunidades Autónomas y el Estado y, especialmente, en algunas gobernadas por partidos nacionalistas.

Con una situación política muy compleja y con un gobierno con un apoyo parlamentario muy frágil, como se está viendo. Lo que sí que creo es que en términos de coordinación se han puesto de manifiesto las carencias que hay del enfoque federal del Estado. En España hemos construido el modelo autonómico, pero no hemos establecido las medidas de coordinación de manera seria y responsable, ni se ha ejercitado eso por una falta de cultura de la colaboración entre las Administraciones y por una tendencia atávica dentro de nuestra clase política y de lo público de actuar de manera jerárquica  y no colaborativa.

¿Qué impacto tendrá toda esta crisis en la regulación, gestión y cesión de competencias entre la Administración General del Estado y las de las CCAA a partir de ahora?

No creo que vaya a tener un impacto directo, aunque si deje en evidencia la necesidad de repensar, no las competencias del Estado y de las Comunidades Autónomas, sino la forma de ejercitar esa dependencia, con un enfoque más colaborativo y menos estanco. Y también con una mayor presencia de la lealtad institucional y una actitud constructiva, esa es la clave.

Sin embargo, las circunstancias me llevan a ser profundamente pesimista sobre la capacidad de nuestros gobernantes para articular mecanismos de cooperación realmente eficaces.

Cree que como decía la canción «la vida sigue igual…»

Sí, creo que la vida sigue igual. Seguimos con nuestras virtudes y nuestras miserias. Pero sí cambiarán algunas cosas. Se producirán algunos efectos favorables, por ejemplo sobre la alfabetización digital, sobre un nuevo concepto en la forma de entender el trabajo con menos presentismo y más objetivos. También creo que después de tanto tiempo va a haber un pequeño cambio en la forma de entender, por parte de los ciudadanos, su obligación y responsabilidad de poner su granito de arena en la consecución de los asuntos generales y alejarnos de tanto estatismo. Hay que buscar más responsabilidad social. Más civismo y menos estatismo.

Bueno, pues si algo hemos aprendido, ¿qué nos queda por aprender?

Nos queda muchísimo por aprender. Creo que vivimos en un mundo profundamente conectado, donde esta pandemia como antes la  la crisis del 2008 y los atentados terroristas han puesto de manifiesto nuestra fragilidad individual y colectiva. Es obvia la necesidad de articular medidas colectivas de protección y de fortalecer la resiliencia individual ante los acontecimientos que nos tocará vivir. El tema de una salida a lo Green Deal que incorpore el cambio climático y una mayor concienciación de nuestro entorno es clave para articular algo sostenible, ilusionante y diferente de lo hecho hasta ahora.

Hemos hablado de Administraciones y de competencias… Hablemos de quiénes las dirigen y las administran, ¿hay algún líder público en todo esto que merezca su reconocimiento por la gestión de esta crisis?

El ámbito público, desde hace algún tiempo, está  carente de liderazgos motivadores y esperanzadores. Solo hay que ver las encuestas, para ver el nivel de reconocimiento que tiene los políticos entre la sociedad española.

El liderazgo tiene que ser una mezcla de determinación e ideas inspiradoras. Eso es lo que genera confianza en la sociedad. Yo creo que la sociedad está profundamente polarizada con adherencias a uno u otro partido político más por miedo que por estar guiados por la razón y el sentido común. Hace falta un mucho de sentido común y un menos de visceralidad.

Los liderazgos actuales no son  ni inspiradores ni innovadores. Lo que hoy tenemos son visiones de la política obsesionadas con el poder como tal y no enfocadas en su función transformadora. En la política hay mucho ego, mucha ambición y poca vocación. Faltan ideas innovadoras e inspiradoras  y sobran ideologías caducas y trasnochadas.

Entonces el problema no es la estructura del Estado o las Administraciones Públicas, sino las personas que las dirigen…

No, es una mezcla de ambas cosas. Por un lado está claro que la clase política dista mucho de estar a la altura de las circunstancias, pero por otra parte también hay que repensar de manera valiente la estructura del Estado. Hay que regenerar muchas instituciones que están profundamente tocadas y ordenar también los espacios autónomos y los espacios de colaboración y de coordinación. Es un problema de las personas, pero también es un tema sistémico que habrá que afrontar.

Usted dirige ahora la Escuela de Gobierno y Transformación Pública de SKR y UAX ¿cree que falta formación o interés en el sector público?

Creo que hace falta un cambio en la forma de entender la función pública en general. La Administración Pública es uno de los mejores polos de atracción de talento. Probablemente tiene mucho que ver el tener unas tasas de desempleo como las que tenemos que hace que la función pública sea atractiva.

Los propios procesos selectivos, especialmente en la Administración del Estado son muy exigentes, objetivos y suelen reclutar en general a personas bastante preparadas. A pesar de las críticas que se hacen sobre el modelo, creo que es el que mejor sirve a los principios de mérito y capacidad.

Cuestión distinta es lo que ocurre después de ingresar en la función pública y la escasa capacidad de la Administración de llevar a cabo una labor, no solo de administración continua, sino de estímulo a la profesionalidad, de reconocimiento del mérito interno y de la gestión del talento.

Si la Administración es un polo de atracción de talento enorme, es directamente proporcional a su capacidad para triturarlo.

Habla de «transformación pública» en su Escuela de Gobierno ¿qué transformaría del modelo autonómico español?

El modelo autonómico español ha dado unos resultados excelentes los primeros 30 años, sin embargo desde 2008 y a partir de la crisis económica se han visto claramente los defectos en el diseño que tenía.

Una vez cerrado el mapa autonómico hay que construir los puentes entre las diferentes piezas que se han separado Estado, Comunidades Autónomas y entidades locales. Creo que, siguiendo la teoría del profesor Eliseo Aja, deberíamos hacer una transformación clara, con un enfoque federal que establezca las técnicas y mecanismos de cooperación federal, que en España no están claros ni constitucionalmente ni en la cultura política.

La última pregunta, ¡mójese! ¿Acelerará, cambiará o parará el COVID-19 el debate sobre el Estado Autonómico?

No te voy a engañar, no soy muy optimista. El COVID-19 creo que no va a transformar para nada, ni el Estado Autonómico, ni la política.

Creo que debería calmarse primero la arena política y después encontrar líderes políticos que sean capaces de afrontar una reforma del Estado Autonómico conjunta y que permita afrontar los próximos 40 años con los mismos éxitos que hemos tenido hasta ahora. Hay síntomas claros de agotamiento del modelo, de que se necesitan reformar los mecanismos cooperativos. Creo sinceramente que es algo que debería hacerse.