Carta del director_ KIKE CORTÉS DE ABAJO

El Imperio romano no cayó en una noche de invierno al final de una épica batalla sino, al contrario, su proceso paulatino de erosión le llevó cientos de años, desde la muerte del emperador Marco Aurelio hasta la caída de Constantinopla (desde el año 180 hasta 1453), cuando sucumbió definitivamente y quedó como un un simple rastro de la Historia y un montón de piedras que sirven para adornar los selfies de los turistas.

Edward Gibbon, probablemente el primer historiador moderno, retrató ese periodo en su libro icónico. Posteriormente Jaques Barzum recogió su testigo para ¿demostrar? la decadencia cultural de la sociedad occidental entre 1500 y el fin del siglo XX. Según la tesis que sostienen ambos historiadores la decadencia no es necesariamente un periodo de declive visible sino que en ese tiempo, incluso, se pueden dar síntomas de lucidez e ilustración aparentes, pero hay un proceso de deterioro en la base del periodo que va corriendo, como si fuesen termitas, los cimientos que sostienen el modelo social, cultural y político.

Según la RAE decadencia es el «período histórico en el que un movimiento artístico o cultural, un estado, una sociedad, etc., va perdiendo la fuerza o los valores que lo constituyen y se debilita hasta desintegrarse».

«Un equivocado maridaje son el camino definitivo al ocaso de las vanguardias y la entrada del conjunto de la sociedad en un período de declive duradero y sombrío»

Al margen de esos dos soberbios estudios de esos procesos de decadencia, lo que resulta interesante de ambos es que, en sus tesis, muestran un especial interés en demostrar cómo los periodos de esplendor se basan en una suerte de tormenta perfecta en la que el conocimiento se derrama por todos los extremos de la sociedad y el poder se sirve de él para robustecer los pilares de las civilizaciones a las que sirve. Y, sensu contrario, la decadencia se dibuja en esa marejada tempestuosa en la que el poder se sitúa en el vértice superior de la sociedad y el conocimiento y su extensión pierde su capacidad de creación, apagado por la hybris del poder.

Valores, poder y conocimiento son así la triada que, bien combinada, se alinea en la conducción de la sociedad hacia las metas del progreso social, político y económico. Un equivocado maridaje son el camino definitivo al ocaso de las vanguardias y la entrada del conjunto de la sociedad en un período de declive duradero y sombrío.

Valores

El celebérrimo filósofo germano coreano Byung Hul habla en un reciente libro del fin de los rituales. Ya lo hizo antes Bauman con su, no menos célebre, sociedad líquida en la que alertaba de los peligros de la corrosión de los valores clásicos y sus sustitución por valores relativos y evanescentes. Los valores comunitarios funcionan como señas de identidad que permiten a la sociedad autoreconocerse. Son como la atmósfera de nuestras acciones, el aire que respiran nuestras decisiones colectivas. Una comunidad sin esta guía carece de su valor autorreferencial y permite que en su carga axiológica se cuelen todo tipo de modas y mensajes sin el filtro de la consistencia. Byung Hul alerta, en el mundo contemporáneo, de la pérdida de los rituales sociales y con ello de un deterioro de la carga simbólica que cohesiona la sociedad. Su progresiva desaparición acarrea el desgaste de la comunidad y la desorientación del individuo.

«Los valores comunitarios funcionan como señas de identidad que permiten a la sociedad autoreconocerse. Son como la atmósfera de nuestras acciones, el aire que respiran nuestras decisiones colectivas»

Hoy todo se pone en duda, todo se cuestiona, su valor se diluye en lo moderno como un azucarillo en una taza de te caliente. Las virtudes de la sociedad tradicional y el conjunto de valores que sirvió para ponerla en pie son un edificio en fase de demolición. Los valores familiares, los religiosos, los éticos, los estéticos, los educativos, los relacionales y sociales, están siendo sometidos una crítica tan profunda, en pos de una pretendida nueva modernidad, que cualquiera que intente defenderlos se siente un outsider, cuando no, directamente un carca.

Para estar en la nueva onda de las tendencias hay que ser joven (los viejos ya no sirven), hay que ser polígamo (ser monógamo es una antigualla), hay que ser agnóstico espiritual (lo que sea que sea eso, pero desde luego lo que sí es retrógrado es tener creencias), hay que ser innovador y rupturista (defender las tradiciones y la evolución prudente es propio de un carcamal). Y, sin embargo, una sociedad sin valores es una sociedad sin identidad; una sociedad pobre y manipulable.

Este siglo está iluminado por un juego de luces en el que se entreveran las nuevas tecnologías con un un signo aparente de modernidad marcados por un proceso imparable de secularización y de liberación de los valores tradicionales que han servido (o no) para sostener el progreso de la civilización occidental.

Puede que nuestra sociedad haya entrado en ese bucle de las nuevas vanguardias en la que solo sobrevivirán los que piensen como el gran Groucho Marx: «estos son mis valores, si no le gustan, tengo otros».

Conocimiento

El saber y el conocimiento son la herramienta más poderosa para el avance de las sociedades. Decir esto es obvio, pura tautología. Lo que no es tan obvio es entender que ese conocimiento puede ponerse al servicio de toda la sociedad en su conjunto o de solo unos pocos. Nunca como ahora se ha tenido tanta capacidad de avanzar en el conocimiento y nunca en la historia de la humanidad se ha tenido una herramienta tan imponente como ahora (Internet, no sólo Google) para que ese conocimiento permee de manera radical por todos los estratos sociales y permita el avance sincrónico de todos los ciudadanos. Y sin embargo no está claro que eso esté ocurriendo. Pudiera ser, sorprendentemente, que ese potencial esté cayendo en un uso tan poco alineado en su conjunto que se encuentre estancado y agotado.

«Hoy todo se pone en duda, todo se cuestiona. Las virtudes de la sociedad tradicional y el conjunto de valores que sirvió para ponerla en pie son un edificio en fase de demolición»

Ross Douthat y González Ferriz en dos libros La sociedad decadente y La trampa del optimismo, respectivamente, hacen un diagnóstico muy claro de los dos momentos en los que la sociedad y el conocimiento se alinearon hacia un objetivo que sirviese para generar un impacto verdaderamente transformador y que, sin embargo, pudo ser, también, el inicio de su decadencia.

Para Douthat eso se produjo, en el caso estadounidense, con la llegada del Apolo XI a la Luna, cuando Neil Amstrong pone un pie en el satélite y con ello culmina el estado de excitación y cosquilleo que había mantenido en vilo a una sociedad que decidió no centrarse en la tensión de la guerra fría y dirigió toda su ilusión colectiva, su conocimiento tecnológico y su impulso político, a salirse de la estela de la DMA (Destrucción Mutua Asegurada) entre el maligno comunismo y las barras y estrellas y se centró en formular un objetivo de superación colectiva.

Como señala irónicamente Douthat, los gobernantes consiguieron aunar conocimiento, sociedad y poder para generar un estado de excitación colectiva y de unidad que sirvió para sacar a EEUU de su obsesión anticomunista y derramar su ambición hacia objetivos transformadores. Sin embargo, mientras en los años 60 se trató de llegar a la Luna, hoy ya solo se hacen películas sobre el espacio. No es este el lugar para extenderse, solo para recomendar una lectura de un libro que recorre el estado de estancamiento no solo tecnológico (a pesar de las apariencias) sino también cultural, social y económico en el que se encuentra el mundo hoy. Lean y juzguen si es cierto que desde esas vanguardias todo lo que se ha hecho es un refrito de tendencias bañadas de un aparente barniz new age.

«La sociedad y el conocimiento se alinearon hacia un objetivo que sirviese para generar un impacto verdaderamente transformador que pudo ser también el inicio de su decadencia»

Cada cual juega con la historia a su gusto, por eso, en el caso de España, Gónzalez Ferriz, sitúa ese momento en el año 92: cuando se culmina un proceso de transformación radical en nuestro país con la organización de las Olimpiadas de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla (AVE incluido). No solo con la movida se transformó la aburrida letanía musical de la España cañí, sino que se dieron vuelcos radicales en la concepción de los valores estéticos y culturales que permitieron salir de una España en blanco y negro y proyectarse en un futuro technicolor. Todo se alineó para la consecución de esos objetivos: una sociedad cansada de fracasar en la modernidad, una economía postrada a los pies de una industria pesada y una oligarquía de naftalina y una clase política que cambió su atávica visión guerracivilista y se concentró (por una vez) en forjar un espacio de creación colectiva nunca visto. Desde entonces, con el inicio del declive, todo comenzó a oler a viejo y las polillas se apoderaron de nuestros tejidos.Para indagar si ese optimismo noventero se ha convertido en una autocomplacencia adormecedora con el cambio de siglo les recomiendo esa estimulante lectura.

Poder

Una sociedad poderosa no es una sociedad donde hay líderes fuertes y sólidos, sino donde los valores colectivamente asumidos generan lazos de identidad, el conocimiento se distribuye ampliamente y el poder sirve para fortalecer los espacios comunitarios. Nada de eso ocurre hoy. Se busca un poder fuerte, vertical, carismático. Desorientados por la incertidumbre de un progreso largamente anunciado y nunca conseguido, los ciudadanos se abrazan a los nuevos magos de la política: duros, sólidos, determinados. Nada deber ser sutil e ilusionarte, sino firme y determinado. El poder no está ya para sugerir y convencer, eso es de ilusos de un tiempo pasado. El poder está para ejercerlo, de manera enérgica y vigorosa.

Esa tendencia que sustituye la idea horizontal del poder (la sociedad empoderada) por una nueva verticalidad (los nuevo liderazgos fuertes) está produciendo un deterioro de nuestras democracias. Lo ha escrito muy bien Francisco Martin Rojo, en La soberanía pulverizada (SKR Ediciones), y también Anne Applebaum en El ocaso de la democracia. Los mensajes deben ser simples y radicales, si quieren ser atractivos. Da igual la realidad, estas nuevas élites autoritarias utilizan las teorías de la conspiración, la polarización política, el terrorífico alcance de las redes sociales e incluso el sentimiento de nostalgia para destruirlo todo y redefinir nuestras ideas y ponerlas a su servicio.

«Da igual la realidad, los mensajes deben ser simples y radicales si quieren ser atractivos»

Durante la pandemia los excesos retóricos del poder y el uso de la excepcionalidad del poder ha sido tan apabullante que, al final, nos hemos acostumbrado a ella. Una sociedad considerada menor de edad y un poder protector es, según estos magníficos textos, una combinación ya demostrada no de decadencia sino, directamente, de implosión social.

No seamos pesimistas, nos dicen los nuevos oráculos de la modernidad… pero, como diría mi añorado Tony Judt, al menos seamos sanamente escépticos con las nuevas ideas y exigentes y recelosos con sus portadores.

Enrique Cortés de Abajo es Director de la Escuela de Gobierno y Transformación Pública SKR y Administrador Civil de Estado (en excedencia) con más de 20 años de experiencia en el sector público en distintos puestos en Presidencia de Gobierno, Ministerio del Interior y en las Administraciones Exteriores, siendo su último cargo el de Consejero de Educación para América Central, México y Caribe. En sus ratos libres, lee mucho y hace el tequila Tantita Pena, que como él dice es «del bueno». Tuiterías: @kikecda

 

 

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