DANIEL FERNÁNDEZ LÓPEZ

«Nombrar no es decir lo verdadero sino conferir a lo que es nombrado el poder de hacernos sentir y pensar en el modo en que el nombre llama»
Isabelle Stengers

Los conceptos son caprichosos, avisémoslo pronto. No es fácil asirlos y, sin embargo, hemos de usarlos para explicarnos el mundo que nos rodea.

Gilles Deleuze y Felix Guattari pensaban que «todo concepto tiene componentes» y que, lejos de ser simple, «es una multiplicidad». Reinhart Koselleck, posiblemente el autor que mejor ha estudiado los conceptos del orden político, planteaba que los mismos eran el resultado de una serie de sedimentos semánticos que se habría formado con el paso del tiempo. En opinión del pensador alemán, un significado se posaba sobre un significado anterior, que luego a su vez serviría de suelo al próximo significado. Vislumbraba así una sucesión de capítulos que no concluye, ya que en el presente los responsables de seguir dándole significados nuevos somos nosotros mismos. Es así que lo que se nos lega, en expresión de René Char, es una «herencia sin testamento», una suerte de matrioshka de la que solo vemos la última capa. Sin olvidar un agravante: el hecho de que, si no nos aventuramos –o nos aventuran– a ir más allá, no sabremos qué hay debajo de ella.

Veamos un caso significativo: la democracia. En la oración fúnebre que pronuncia Pericles durante la Guerra del Peloponeso, cuando se avecinaba la victoria de Esparta, el strategos plantea que el sistema ateniense se llama así «debido a que el gobierno [οἰκεῖν] no depende de unos pocos sino de la mayoría [κέκληται]» (Historia de la Guerra del Peloponeso, Libro II, 37). Alrededor de un siglo después, Aristóteles agrega que, en democracia, «es soberano [κύριος] el pueblo [δῆμος]» (Política, Libro III, 1278b). Los dos autores, aun separados por varias décadas, plasman la idea con claridad: en Atenas, el dêmos ostenta el krátos.

Pericles y Aristóteles no darían crédito a que hoy llamemos democracia a un sistema en el que la ciudadanía no solo se ha extendido a la mayoría de grupos de la población, sino que elige a unos representantes profesionales que se presentan a unos comicios a lomos de un partido político

Dos mil quinientos años después, da la sensación de que la elocuente premisa de los griegos se ha oscurecido. Al punto que Astra Taylor tituló una película de 2018 What Is Democracy?, pregunta que Silvia Federici o Wendy Brown ayudaban a responder; o que Ernesto Ganuza y Arantxa Mendiharat han publicado un libro después del verano titulado La democracia es posible. ¿Por qué nos preguntamos qué es la democracia? Y, si ahora es posible, ¿significa que no lo era antes de 2020?

La respuesta son los sedimentos de Koselleck.

Rupturas semánticas

Los problemas surgen cuando un concepto ha sido tan adulterado que ha vulnerado su significado original. La razón es que el continente se ha separado del contenido, de forma que usamos una palabra que ya no se identifica con la realidad. Es una labor en la que nuestra época se prodiga sin cuento, de ahí que el profesor Jordi Mundó Blanch plantee que volver a significar los conceptos es un propósito más urgente que idear conceptos nuevos; y de ahí, además, que no nos sorprenda oír a Sami Naïr, en su libro Refugiados, lamentar: «Así va la vida de los conceptos…».

A la luz de lo explicado, Pericles y Aristóteles no darían crédito a que hoy llamemos democracia a un sistema en el que la ciudadanía no solo se ha extendido a la mayoría de grupos de la población, sino que elige a unos representantes profesionales que se presentan a unos comicios a lomos de un partido político. No digamos ya si la democracia se combina con una monarquía, ya que no es posible que el poder, sea krátos o arkh, resida en muchos y en uno al mismo tiempo.

El surgimiento del Estado generó la concentración del poder en el rey y provocó que los asuntos públicos de orden político se limitaran a los vinculados con su egregia figura

Solamente gracias a una alteración del significado elemental de los conceptos podemos aludir a una democracia coronada, por usar una expresión popularizada a partir de la Constitución de 1978. En virtud de lo cual, no solo se ha alterado el concepto democracia: el proceso lo ha sufrido igualmente el concepto monarquía.

República es un concepto posterior a los dos que hemos presentado hasta ahora. Según es sabido, su origen no es griego, sino romano: la expresión res publica hace alusión a los asuntos públicos y al espacio que ocupan en la comunidad política.

La república de Roma surgió en el 509 antes de Cristo, prácticamente al mismo tiempo que Clístenes sacaba adelante sus célebres reformas en Atenas; sin embargo, Pericles y Aristóteles volverían a encontrar problemas para identificar una democracia en la Roma que va del siglo V al Imperio: en la polis de Platón el dêmos ostentaba el krátos, en la civitas de Catilina los plebeyos elegían un tribuno para que les defendiese (un cargo ideado, dicho sea de paso, por un dictador). De ahí que el fundamento asociado a la república, siempre partiendo de su significado original, no sea el poder, sino el protagonismo de los asuntos públicos en la vida romana.

Un concepto religioso

Dichos elementos, el krátos y la res publica, sufrieron un cambio con el advenimiento de la Modernidad: el surgimiento del Estado generó la concentración del poder en el rey (respetando, ahora sí, del significado elemental de monarquía) y provocó que los asuntos públicos de orden político se limitaran a los vinculados con su egregia figura. A partir de ahí surge un concepto cuyo origen no es político, sino religioso: la soberanía, una palabra que leemos en Los seis libros de la república (souveraineté), publicado en 1576 por Jean Bodin; y en Leviatán (sovereignty), de Thomas Hobbes, que vio la luz en 1651. Johaness Althusius, con un significado próximo al de sus coetáneos, optó por las voces maiestas, superioritas y supremitas en su Política, de la que lanzó varias ediciones en 1603, 1610 y 1614. Los tres autores eran calvinistas.

He ahí una práctica exigida por la sucesión de los sedimentos semánticos: la de apellidar los conceptos y es solo gracias a la elasticidad de los conceptos políticos que varios se salvan de ser un oxímoron

No debemos pasar por alto la adopción del concepto soberanía por parte del pensamiento político que salía de la Edad Media, ya que, a partir de ahí, las cuestiones vinculadas con el poder van a leerse en clave de super omnia y no de krátos. Y ello supone lidiar, ahora en la arena política, con las fantasías de omnipotencia legadas por el dogma religioso, según ha planteado Juan Dorado. Hablamos de la soberanía del rey, protagonista en los primeros pasos de la Modernidad europea; luego de soberanía nacional, en expresión de Emmanuel-Joseph Sieyès, y después de soberanía popular. Y siempre con el Estado haciendo las veces de campo de juego: un Estado que, según Thomas Hobbes, es un mortal God («Dios mortal») y, según Georg W. F. Hegel, un wirklichen Gott («Dios real»).

He ahí una práctica exigida por la sucesión de los sedimentos semánticos: la de apellidar los conceptos. Ya hemos visto varios apellidos de la soberanía, pero habría que agregar que, con el paso de los siglos, el Estado ha pasado a ser Estado social o Estado democrático de derecho; igual que la república ha pasado a ser república burguesa o república social; igual que la democracia ha pasado a ser democracia liberal o democracia representativa. Es solo gracias a la elasticidad de los conceptos políticos que varios se salvan de ser un oxímoron. Y podríamos no ser tan generosos, ya que el precio que pagamos por separar el significado del significante es la confusión que generan los mismos, según vimos al principio a partir de los títulos de Taylor, Ganuza y Mendiharat. A veces, conceptos y contorsionismo van a la par.

Una problemática conceptual

Dichas raíces y variaciones conceptuales siguen latiendo en el debate sobre la jefatura del Estado. Primeramente, porque el Estado es la premisa de partida, igual que lo era en sus albores en el siglo XVI. En segundo lugar, porque, aun ostentado un papel secundario en la vida política, la voz monarca sigue expresando «el poder de uno». Y, por último, porque suele pensarse que elegir a un presidente de la República sería una vía más democrática, precisamente porque la elección se presenta en calidad de práctica democrática. Sin embargo, élite y elección guardan un rasgo en común: su raíz etimológica; los griegos, por el contrario, pensaban que lo verdaderamente democrático es la puesta en común y el sorteo, no la elección.

En virtud de lo dicho, la problemática sobre la jefatura del Estado, siempre que la planteemos con seriedad, arduamente podría ignorar cuáles son sus orígenes y variaciones conceptuales. Ya lo avisaba Isabelle Stengers en la cita de En tiempos de catástrofes que ha servido de pórtico al artículo: no podemos evitar que un concepto, al ser pronunciado, nos haga sentir y pensar en el modo en que el nombre llama.

 

IMAGEN: Discurso fúnebre de Pericles, de Philipp von Foltz

 

Daniel Fernández López es alumno de la Escuela de Gobierno y Transformación Pública SKRLicenciado en Periodismo y en Ciencias políticas y autor de la tesis doctoral El concepto de amor en Teoría política. Hoy prepara oposiciones al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado en SKR preparadores y, en los ratos libres, lee libros de señores rusos y alemanes muy viejos.

 

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