CRISTINA NAVEIRA

En la última Comisión Interministerial de Juventud, celebrada el pasado jueves, se subrayó la necesidad de concebir una Estrategia de juventud que contemplase, como uno de sus puntos focales, la salud mental de los jóvenes españoles.

Este énfasis en salud mental, si bien novedoso, tiene poco de sorprendente. Razones para perder la cordura no nos faltan: los jóvenes de hoy somos la generación de las expectativas truncadas. Hemos visto a nuestros padres vivir mejor que nuestros abuelos, mientras todo apunta a que vamos a vivir peor que nuestros padres y peor que nuestros abuelos. Aunque esto empezó a resultar obvio hace tiempo, todavía sobrecoge el hecho de que veamos empeorar estas perspectivas de futuro sin apenas inmutarnos.

Hace diez años, el 28,5% de los jóvenes españoles de entre dieciocho y treinta y cuatro años vivían con sus familias. En 2019 eran el 29,5% de acuerdo con datos de Eurostat, recogidos en el Informe Juventud en España 2020, del Instituto de la Juventud. Y recordemos que la pandemia no llegó hasta ese año, por lo que este incremento no podría explicarse en base a la Covid-19. Esto quiere decir que en un contexto de recuperación económica como el que siguió a la Gran Recesión la mejora no se tradujo en unas mejores condiciones de vida para los jóvenes, que postergaron incluso más el abandono del lecho familiar.

«Las condiciones de vida de los jóvenes españoles siguieron siendo precarias en un contexto de recuperación económica»

No es ningún secreto que el excedente de explotación presentó una tendencia alcista en la distribución factorial de la renta durante los últimos años prepandemia, pero tal vez no hayamos sido del todo conscientes de que este ‘problema’ macroeconómico tuvo repercusiones a nivel individual y emocional. El libre desarrollo de la personalidad, pasa por la emancipación. Etimológicamente, emanciparse significa declarar al hijo libre de la patria potestad. Difícilmente podremos ser verdaderamente autónomos si vivimos bajo las normas de otros. La autorrealización, pasa por la capacidad de invertir en el desarrollo de uno mismo a través del ocio, el intercambio cultural y el aprendizaje. Posibilidades que demandan un desembolso inicial que, en cierto modo podría encontrarse impedido o, al menos, limitado, por la precariedad del empleo juvenil: un problema que, de esta forma, trasciende de nuevo la esfera puramente económica para limitar la calidad de vida de las personas jóvenes.

«El libre desarrollo de la personalidad pasa por la emancipación. La autorrealización requiere capacidad de elección»

Ante esta pérdida progresiva de derechos, la participación de la juventud en la vida democrática de nuestro país se mantiene estable a la baja, constituyendo el colectivo con mayor tasa de abstención electoral. De acuerdo con los últimos datos del Observatorio de la Juventud, en 2019 la participación electoral de los jóvenes fue un 6,6% menor que entre los adultos. Si bien es cierto que esta brecha era más amplia en 2008-2011, cuando rondaba el 10%, el actual sigue siendo un porcentaje que difícilmente podemos permitirnos: el peso demográfico de la juventud en comparación con otras cohortes poblacionales, como los baby-boomers, es ridículo. Por ello, no sería suficiente con equiparar nuestra participación política a la de las generaciones precedentes para tener una voz: necesitaríamos redoblarla e incluso triplicarla si queremos hacernos oír. Sólo así podríamos compensar nuestra desventaja demográfica de partida.

«Se nos responsabiliza de la extensión generalizada del virus sin reparar en las consecuencias psicológicas que conlleva la asunción de tal responsabilidad»

Si bien, en un primer momento, pudiera parecer que los millennials estaban siendo generosos con sus abuelos cuando contemplaron, impertérritos, cómo aumentaba la partida presupuestaria destinada al pago de las pensiones en detrimento de los fondos públicos destinados a infancia, adolescencia y juventud, ahora pintan bastos. Ya no se trata de las circunstancias que rodean un momento histórico puntual de la economía española, ahora, hablamos también de una cuestión emocional. De un lado se nos pide que renunciemos -en mayor o menor medida según la incidencia acumulada y la Comunidad Autónoma de residencia- a una de las prerrogativas más preciadas de la juventud del ser humano: la socialización con grupos de iguales. Y, de otro, se nos responsabiliza de la expansión incontrolada del virus, sin reparar en las consecuencias psicológicas que puede tener la asunción de tal responsabilidad. Desde un punto de vista psicosocial, ninguna persona puede estar preparada para asumir una responsabilidad de esta magnitud.

«Por mucho que estemos generando una demanda de atención psicológica que el sistema sanitario no está capacitado para asumir, si no somos capaces de condicionar la agenda política, el problema va a afianzarse»

El mundo académico acertó al predecir que íbamos a vivir peor que nuestros progenitores, pero todo apunta a que los expertos se equivocaron al preconizar el denominado «choque de generaciones»: la mayor parte de los jóvenes ha optado por autoconfinarse, al menos, de la vida política. Y es normal que nuestra salud mental se resienta porque no podemos estar preparados para ver cómo decaen nuestros derechos sin hacer prácticamente nada para evitarlo.

A diferencia de los pensionistas, que no tienen mayor reparo a la hora de presentarse en el Congreso de los Diputados al grito de «ladrones, nos roban los pensiones», la mayor parte de los jóvenes nos estamos limitando a retuitear, compartir algún story. Y huelga decir que el ciberactivismo y los memes no condicionan en igual medida la agenda. Por mucho que estemos generando una demanda de atención psicológica que el sistema sanitario no está capacitado para asumir, en este estado de cosas el problema prevalece y se afianza. Y todo apunta a que seguiremos sufriendo sus consecuencias a nivel psicológico si no lo atajamos a nivel político.

Es normal que la salud mental de los jóvenes esté amenazada; las razones son evidentes. Lo sorprendente es que la salud mental de los jóvenes no se haya priorizado hasta ahora. El bienestar emocional de los jóvenes de hoy es la salud mental de la sociedad del mañana. Difícilmente una sociedad ansiosa y depresiva podrá convertirse una sociedad próspera. Y, difícilmente una democracia, por mucho que sea una democracia de calidad, podrá hacer eco de las demandas de quien no habla. Por ello, no se me ocurre mejor forma de terminar estas líneas que parafraseando el reclamo que un día hizo José Ortega y Gasset a los jóvenes del SXXI: «Jóvenes, haced política. Porque si no la hacéis se hará igual, y posiblemente en vuestra contra».

 

Cristina Naveira es psicóloga, Administradora Civil del Estado y preparadora de oposiciones al CSACE en SKR. Actualmente, ocupa la Jefatura del Área de Cooperación Internacional del Instituto de la Juventud, donde supervisa la implementación del Programa Erasmus + Juventud y el Cuerpo Europeo de Solidaridad.

 

 

 

 

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