JUAN RAMÓN BEDMÄR

Ahí la tiene Iniesta, caracolea en el área, con un pase sutil sortea la cobertura de Ramos, recibe Azaña, que con la zurda encañona la portería de Borbón Jr.… y ¡al travesaño!

¿Pero qué locura es esta? Esta esperpéntica narración nunca será realidad, al menos de forma literal. Y es que si bien la política y el fútbol poco tienen que ver –salvo ser temas de los que no se debe hablar en casa de los suegros– la forma de sentir y afrontar ambos por parte de la sociedad española son preocupantemente similares.

«Paren de imaginar porque no es necesario que exista ese partido. Entren a Twitter y listo.»

Existe un documento audiovisual que circula por redes de un partido del año 1993 que enfrentaba al Real Madrid contra el Rayo Vallecano en el feudo madridista. En dicho encuentro, el portero rayista Wilfred Agbonavbare, de raza negra y ascendencia nigeriana, tuvo una actuación estelar. Tras detener un penalti, buena parte de la afición merengue empieza a cantar «ku klux klan, ku klux klan». Al acabar el partido, en los aledaños del estadio se entrevista a varios jóvenes que no sobrepasan la veintena.

–Vamos a ir el domingo a machacar al negro, al hijo de puta ese a Vallecas –dice uno de los angelitos.

Estamos en el año 2020 y esta escena nos resulta tan ofensiva y lejana que parece mentira que sucediera antes de ayer, como quien dice. Por descontado, la mayoría de los aficionados del Real Madrid ni siquiera conocían de cerca la organización liderada por David Duke, pero la famosa «pasión» por el deporte rey era justificación suficiente para apelar a los nazarenos del mal.

Este detalle no es baladí. No lo es porque es un síntoma de la irracionalidad que generan ciertos temas en la sociedad española. El imaginario colectivo sintoniza diferentes frecuencias dependiendo del tema en cuestión, y las de la política y el fútbol son exactamente las mismas.

Buena prueba de ello es el simbolismo que tienen los Barça-Madrid, que hace tiempo dejaron de ser un simple partido de fútbol para convertirse en otro escenario de la dialéctica centro-periferia, especialmente en el momentum del soufflé separatista.

Imaginemos un partido de La Liga disputado entre monárquicos y republicanos. Minuto 90, empate a cero y penalti injusto pitado a favor de uno de los contendientes. Resultado, gol. ¿Se imaginan los insultos, descalificaciones e improperios que saldrían de la boca de los entrevistados en los aledaños del estadio?

¡Fascista! ¡nazi! –de un lado–, ¡rojo de mierda! ¡comunista! –del otro–.

Ahora paren de imaginar. Paren porque no es necesario que exista ese partido. Entren a Twitter y listo.

«Es conveniente ampliar la perspectiva y jugar a pensar que quizás la adhesión emocional poco tiene que ver con los argumentos de nivel que de verdad ayudan a respaldar una defensa»

Las últimas informaciones que han salido a la luz sobre el rey emérito y su posterior salida del país han hecho que el debate sobre monarquía o república esté más candente que nunca. Sin embargo, este debate encuadrado en la perspectiva de la ciencia política, se impregna en nuestro país de la ideología guerracivilista que, con demasiada frecuencia, alinea una posición u otra con cada uno de los bandos del conflicto fratricida y sus colores heredados.

Por supuesto, la libertad de opinión permite enfocar cualquier análisis desde posiciones prefijadas, pero siempre es conveniente ampliar la perspectiva y jugar a pensar que quizás la adhesión emocional poco tiene que ver con los argumentos de nivel que de verdad ayudan a respaldar una defensa. La dictadura del «porque sí» no construye, y está más cerca del populismo que de la convivencia.

Partiendo de esta base, es preciso reflexionar sobre algunas cuestiones de la controversia que aquí nos atañe:

  • El titular de la Corona es diferente de la propia institución y de la Jefatura del Estado, de igual modo que el presidente del Ejecutivo es diferente del poder que representa. El debate sobre los desmanes –o no– del emérito debería ser distinto, por lo tanto, del de la propia existencia de la Monarquía.
  • La República no es de izquierdas ni la Monarquía de derechas. ¡Que no nos engañen! En los foros de baja estofa es sencillo percatarse que de forma implícita se asumen estos axiomas. La herencia recibida y el ensimismamiento ideológico parecen dar por sentadas estas premisas que emponzoñan la capacidad de empatía en la disputa. La parasitación política del debate lo futboliza.
  • Ambas formas políticas del Estado tienen la misma legitimidad democrática. No hay una más democrática que la otra, dado que reducir «lo democrático» a aquello que es susceptible de ser votado no es sino desvirtuar la esencia propia del gobierno de todos. Existen mecanismos previstos para la transformación que nos dimos los españoles tiempo ha. Podría ser obtuso hablar de la imposibilidad de facto del cambio, y olvidar al mismo tiempo que ningún partido mayoritario ha concurrido a las elecciones con tal premisa en su programa de gobierno.
«Enfrentar Monarquía y República desde la misma pasión con que se encara el deporte rey nos sentencia a vivir eternamente en una lógica competitiva donde existe la palabra rival, donde uno gana y otro pierde.»

Más allá de estas reflexiones, en tertulias –ya sea televisivas o de barra de bar, aunque muchas veces no se diferencian– se echa de menos una visión pragmática. Cuestiones como la preferencia o no de una Jefatura del Estado absorbida por los partidos políticos, la dimensión económica entre el mantenimiento de la Casa Real y el costo de la titularidad rotatoria, el análisis costo-beneficio con las monarquías del golfo o el valor extra real de las relaciones con la realeza europea, se antojan como fundamentales –olvidándonos de qué bandera es más bonita– para enjuiciar un asunto bajo el criterio más importante: la afectación real a la vida de los ciudadanos.

Los administradores civiles debemos ser los anti hooligans de los resortes estatales, un baluarte de la racionalidad. No podemos evitar la futbolización de la política, pero sí aportar nuestro granito de arena para construir debates edificantes en temas tan inflamables. Por el bien del propio debate y de nuestra convivencia.

La preparación para entrar al cuerpo debe formar parte también de ese proceso en el que uno se despoja de los mantras ideológicos que le han acompañado toda su vida, para convertirse en el profesional neutro, racional y equilibrado que se espera de él. Abandonar la frecuencia futbolística en el análisis de la realidad política española permite situarse en un plano superior en el debate y estar más cerca de la virtud. No es otra cosa que aplicar el ojo poliédrico esekaerriano a la vida [la visión 360º que en SKR aplicamos en el análisis de cualquier asunto].

Enfrentar Monarquía y República desde la misma pasión con que se encara el deporte rey nos sentencia a vivir eternamente en una lógica competitiva donde existe la palabra rival, donde uno gana y otro pierde. Olvidémonos de eso y sea lo que sea, dejemos rivalidades inertes de lado porque esto no es un partido, esto es un país.

FOTO: https://www.freepik.es/vectores/fondo creado por @kjpargeter

Juan Ramón Bedmär Díaz es Administrador Civil del Estado y preparador de CSACE en SKR Preparadores. Actualmente trabaja como técnico superior en la Unidad de Medios Operativos de la Secretaría General de Presidencia del Gobierno. Muy fan de la astrofísica y del Atleti, aunque en el tradicional partido de prepas contra alumnos se ganó el apodo de «el Messi de la academia».