ANA CABRERA CANAL

El sociólogo Charles Perrow teorizó en 1984 que lo que acaba haciendo a los sistemas especialmente vulnerables no son los grandes acontecimientos, sino aquellos pequeños fallos inesperados a los que no se les da inicialmente ninguna importancia, pero que, al dejarlos pasar, van creando un efecto cascada que resquebraja de forma invisible y sutil los pilares del sistema.

Seguro que más de uno está pensando ya en el COVID-19. Ese “invitado sorpresa” que ha beneficiado al medioambiente, colapsado la economía, confinado a millones de personas en sus casas y que, lamentablemente, se ha cobrado ya 206.553 vidas en todo el mundo hasta hoy.

Y, sin embargo, hace unos meses esta pandemia ni siquiera figuraba en los primeros puestos de las célebres listas de riesgos, como los 10 riesgos globales principales para 2020 según la revista Time o los 5 riesgos de mayor impacto según el Informe de Riesgos Globales para 2020 del Foro Económico Mundial. Esta amenaza global se ha inoculado silenciosamente en nuestro sistema, recordándonos la fragilidad de nuestra condición humana, como especie y sociedad.

Riesgos ignorados: el interesado arte de la predicción de riesgos futuros

Desde hace varios años todos los debates filosóficos, sociológicos, económicos y políticos giran en torno a la incertidumbre de nuestro tiempo. La velocidad a la que cambia todo es vertiginosa, se intentan predecir escenarios de riesgos futuros mediante listados, pero basándonos únicamente en el análisis de las tendencias actuales. Hace tiempo que nos hemos olvidado de proyectar a largo plazo, de analizar también aquellos factores que no son volátiles y que llevan conviviendo con nosotros latentes desde siempre.

El Instituto Future of Humanity de la Universidad de Oxford define un riesgo basándose en tres criterios: su alcance (número de personas que se verían afectadas), su gravedad (grado de seriedad del impacto de la afección en dichas personas) y su probabilidad (potencialidad de que ese riesgo termine ocurriendo). Pero ¿qué ocurre cuando no somos capaces de detectar la existencia de un riesgo o, peor aún, no queremos catalogar como riesgo la existencia de ciertas pautas preocupantes?

El año pasado un comité de expertos entregó a la ONU un análisis sobre el riesgo de una emergencia sanitaria global y lo que había que hacer para prevenirla. La mayor amenaza según estos expertos era la eclosión de una gripe masiva y mortal (ver este artículo de Patricia Peiró en El País). ¿Por qué se ignoró este riesgo? Probablemente, la explicación más sencilla sea que hablar de pandemias no era tendencia, no interesaba. La lucha contra otras epidemias como la malaria así lo demuestra. Y si no preguntadle al epidemiólogo Pedro Alonso, director del programa de malaria de la Organización Mundial de la Salud: “ya sabíamos que esto iba a ocurrir, hay múltiples informes que alertaban de que íbamos a sufrir una pandemia, pero no sabíamos cuándo.”

Muchos son los que han pretendido calificar al riesgo del COVID-19 de “cisne negro” para justificar su falta de atención y prevención. Pero, el propio filósofo e investigador libanés Nassim Taleb ha descartado otorgar ese estatus al coronavirus, puesto que no se trata de un suceso imposible de predecir (él pone como ejemplo el 11-S), existían avisos y lanza una dura crítica contra las empresas y gobiernos por ignorar las advertencias de los expertos e infravalorar las facilidades que la globalización brinda hoy día a la expansión de todo tipo de pandemias, como la actual, a la que califica de “cisne blanco”, es decir, un “riesgo ignorado”.

¿Hacia una gobernanza común de la incertidumbre?

El historiador y pensador israelí, Yuval Noah Harari, en un reciente entrevista por Iñaki Gabilondo, señala que esta crisis sanitaria es transitoria, pero cambiará el mundo en diferentes aspectos. Eso sí, precisa que aún no sabemos de qué forma cambiará. Según él, si hay algo que debemos entender de esta crisis es que no es sólo una crisis sanitaria, sino también política. Explica que las opciones para abordar el COVID-19 son decisiones políticas: los países pueden optar por velar por sí mismos, compitiendo con los demás, o podrían optar por la cooperación y solidaridad global. Una opción conducirá a una mayor desigualdad y rivalidad, la otra hacia una gobernanza común de la incertidumbre.

La cuestión es que este siglo XXI no se está caracterizando precisamente por el cuidado y puesta en marcha de una gobernanza global sólida y efectiva. Las estructuras internacionales de la segunda posguerra mundial están fallando desde hace tiempo. También hay una ausencia de líderes a nivel global. Todos los riesgos globales, que figuran en las primeras posiciones de los listados antes mencionados, ponen de manifiesto las carencias del orden internacional: el cambio climático, los nacionalismos, la guerra comercial-tecnológica entre EE. UU. y China, el lento crecimiento de la economía mundial, las armas nucleares, los ciberataques, el uso no ético de la inteligencia artificial, etc. Y a todo esto se suma la pérdida de la confianza de la ciudadanía en las instituciones de cualquier nivel, que ha sido aprovechada y explotada por los diferentes populismos que han ido surgiendo.

Son muchos los que desean que de esta crisis surja un liderazgo colectivo y global que renueve las principales organizaciones internacionales o construya nuevas instituciones de gobernanza mundial. “Es preciso que los países recuperen esa voluntad de cooperar, de actuar conjuntamente” subraya Harari.

¿Será el COVID-19 el catalizador, el resorte que permita esa gobernanza común de la incertidumbre? ¿Pecamos de optimistas? Quizás sí, quizás no. El tiempo dirá si este “cisne blanco” acabará siendo un “cisne dorado”.

 

Ana Cabrera Canal es Administradora Civil des Estado, preparadora de CSACE en SKR Preparadores y miembro del claustro de la Escuela de Gobierno y Transformación Pública SKR/UAX. Ejerce como Técnico Superior en el Gabinete Técnico de la Subsecretaría del Ministerio de Universidades.