DANIEL FERNÁNDEZ LÓPEZ

El 18 de junio de 1906, Franz Kafka se doctora en Derecho. Y un catedrático de Economía nacional, que se había personado en la Universidad alemana de Praga para presentar a los doctores al rector, oficia la ceremonia: es Alfred Weber, hermano de Max. El escritor checo supo del sociólogo gracias, precisamente, a que Alfred había sido uno de sus mejores profesores; y no es casualidad que uno de los principales asuntos de los que se ocuparía en sus cuentos, si no el mayor, sea la Administración pública. Mas ello no solo se debe al autor de Economía y sociedad.

Kafka pasa a formar parte del personal público al servicio del Imperio austro húngaro un par de años después de doctorarse, en virtud de su puesto en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo en el Reino de Bohemia, situado en su lugar de origen: Praga. Allí, Kafka es el responsable de supervisar varias fábricas del norte de la ciudad, una labor que sacaría adelante durante catorce años: en 1922, después de un lustro enfermo, consigue la pre-jubilación y, al cabo de dos años, muere a causa de una tuberculosis de garganta que se había extendido a la laringe.

El peligro de la Administración

El vínculo entre la obra de Kafka y la Administración que se venía erigiendo en el centro de Europa a principios del siglo XX, ha sido estudiado en multitud de oportunidades. Si volvemos a sacarlo a colación es porque hay un rasgo en él que no suele ser considerado adecuadamente y que, por ello, quizás sea oportuno rescatar.

Los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX asisten a un fenómeno especialmente problemático en los países de lengua alemana: una crisis aguda de la alteridad. Así lo prueba Martin Buber, un pensador judío de la época que publicaba sus obras en el idioma de Hegel –igual que Kafka– y que decía que «las palabras básicas no son palabras aisladas, sino pares de palabras», siendo el primero de ellos «Yo-Tú». No es complicado seguir la pista a dicha crisis si vamos a Francia y leemos los exabruptos de Louis-Ferdinand Céline en Viaje al fin de la noche; o, unos años después, si visitamos Portugal y las páginas de Fernando Pessoa, un autor que, en ausencia de la alteridad, opta por levantar yoes en forma de múltiples heterónimos.

Kafka, una persona de portentosa sensibilidad, no podía hacerse a un lado de todo ello y plasmó lo que sucedía de madrugada, durante el rato que sacaba para escribir. Más allá de sus relatos más usualmente vinculados con la Administración pública –En la colonia penitenciaria, Ante la ley, El castillo–, la problemata de la alteridad es retratada en dos cuentos de una y dos páginas, respectivamente: Regreso al hogar y Una confusión cotidiana. En el primero, escrito en Berlín, Kafka planea una vuelta a la casa de sus padres, pero no es un regreso al uso, ya que no alcanza a verles, sino que se limita a aguardar en la puerta, oliendo el café y escuchando las voces que salen de dentro; en el segundo, hay dos protagonistas a los que les urge verse, pero, cuando por fin logran hacerlo, B se volatiliza ante la presencia de A.

A partir de ahí, no sería osado preguntarse si el conflicto que Kafka experimenta con la Administración no es uno originado en su pobre capacidad para vincularse con la alteridad. No en vano, el poder perfilado por él se caracteriza por una ausencia de personificación –La construcción de la Muralla china, y el propio El castillo– o de legitimación cuando aplica su ciega potestad coercitiva –El proceso–.

De ser así, Kafka vendría a ser una suerte de heraldo del tiempo que habría de venir. No es azaroso que George Steiner, igual que posteriormente Gilles Deleuze y Félix Guattati, planteara en los años sesenta que Kafka había advertido con lucidez la presencia de las maquinarias estatales de la Unión Soviética y de Estados Unidos, y hasta de los campos de concentración alemanes de la Segunda guerra mundial.

Eichmann en Praga

El 20 de mayo de 1960, Adolf Eichmann fue secuestrado en Argentina por el Mossad con el propósito de que una corte israelí juzgara su responsabilidad por haber participado en el Holocausto. Hannah Arendt, que ya se había hecho un sitio en Estados Unidos después de haber publicado Los orígenes del totalitarismo y La condición humana –en inglés–, fue contratada por The New Yorker para cubrir el proceso in situ. Arendt fue lanzando una serie de reportajes en la revista hasta que, por último, alumbró uno de sus libros más célebres: Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, que vio la luz en 1963, cuando solo había pasado un año del cumplimiento de la condena del propio Eichmann a morir en la horca.

Uno de los puntos capitales planteados por la autora de La vida del espíritu es que Eichmann se había limitado a sacar adelante sus labores de funcionario del Tercer Reich sin pararse a pensar en lo espantosos que eran sus resultados, una vez que significaron el asesinato de decenas de miles de personas en el Este de Europa.

Sin alejarnos de Arendt, podríamos aventurar que uno de los elementos que habían condicionado a Eichmann en su proceder era, precisamente, que los judíos representaban una de las principales alteridades en la Alemania de Hitler. Es a partir de ahí que vuelve a surgir el problema que veíamos con Kafka y la Administración: si no existe un vínculo con la alteridad, a la Administración le es más sencillo poner en práctica su ciega potestad coercitiva, un peligro si los administradores son nazis.

No es casual que Gregor Samsa se levantara un día siendo una Ungeziefer, es decir, una alimaña. El protagonista de La metamorfosis era un vaticinio de lo que iban a ser millones de seres humanos unos años después: el resultado de un poder que no es capaz de asimilar la alteridad, de vincularse con ella si no es eliminándola.

Salir del laberinto

Huelga decir que han pasado varios lustros desde la Segunda guerra mundial y el proceso a Eichmann, más aún desde los proféticos cuentos de Kafka y la Administración estudiada por Max Weber; sin embargo, hay puntos que no deberíamos perder de vista, sobre todo si somos personas que nos relacionamos –o nos vamos a relacionar en el futuro– profesionalmente con la Administración.

La misma ha ido evolucionando con los años, procurando adaptar sus servicios y organización a las exigencias de la época; ya sabemos cuál es la sucesión de paradigmas: al sistema burocrático le siguió la Nueva gestión pública, que vino a aligerar el lento y pesado funcionamiento del primero; igual que, a su vez, a la segunda le sucedió la Gobernanza, una óptica que alienta la participación de la ciudadanía en los asuntos públicos y la recuperación de servicios para el Estado sin que ello genere una pérdida grave de agilidad en sus procedimientos. El problema es que la cuestión de la alteridad ha seguido y sigue ahí, igual que hace cien años.

No es gratuito que Byung-Chul Han lanzara en 2012 La agonía de Eros, una obra en la que lamentaba, precisamente, la ausencia de la alteridad –ahora desde un prisma amoroso, pero igualmente válido–; o que Ángel Gabilondo, solo un año después, publicara un libro titulado La vuelta del Otro. Presente o ausente, da la sensación de que la alteridad es problemática, una realidad a la que la Administración no es extraña. Y no puede serlo porque su vocación es de servicio: el contacto con las ciudadanas y los ciudadanos es uno de sus pilares. Por ello, uno de los aspectos en los que el empleado público –el que ya lo es y que lo va a ser– debe pensar con más cuidado es cuál es el vínculo que aspira a edificar con la alteridad: ya sea la ciudadanía, sus compañeros o compañeras o sus superiores.

Emmanuel Lévinas planteó en 1961 una posible salida, asaz poética: el rostro. El autor de origen lituano se había dado cuenta de que una forma adecuada de solucionar el conflicto con la alteridad pasaba por hacerla propia; por romper la pared que nos conduce a ignorar al vecino, cuando no a asesinarle con la rapidez que se puso en práctica en Auschwitz o en el gulag. Y ello cristalizaba, según él, en el rostro, gracias al cual podemos ver al resto sin filtros, en su más pura esencia. De ahí que el propio Lévinas concluyera: «La relación con el Otro no consiste en volver a hacer (…) el movimiento del alejamiento, sino en ir hacia él a través del Deseo».

En Regreso al hogar , Kafka había contado con el Deseo de ir hasta la casa de sus progenitores, pero no con la oportunidad de verles el rostro; quizás por voluntad propia. El hecho es que hacer propia la alteridad, vincularnos con ella en calidad de seres humanos, significa alejar a la Administración de su versión más oscura y orientarla a un propósito a la altura de su vocación: hacer de la vida pública una experiencia más amable y verdadera. Kafka avisó de lo contrario hace un siglo, de ahí que nuestra labor sea escuchar sus palabras. Solo así alcanzaremos el sentido.

Foto: Imagen de Monica Volpin en Pixabay

Daniel Fernández López es alumno de la Escuela de Gobierno y Transformación Pública SKR/UAX  y de SKR Preparadores. Licenciado en Periodismo y en Ciencias políticas, y Daniel Fernández es autor de la tesis doctoral El concepto de amor en Teoría política. Hoy prepara oposiciones al Cuerpo superior de Administradores Civiles del Estado en SKR preparadores y, en los ratos libres, lee libros de señores rusos y alemanes muy viejos.