Aunque en su red social favorita aparece como Alejandro Remesal, este periodista de formación y funcionario de vocación reivindica su lado más informal desde el saludo, «todos me llaman Jano, desde mi hijo hasta la ministra, cuando se acuerda de mi nombre, claro».

Se describe como «zamorano militante» y «opositor tardío». Antes de ser el director de comunicación de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) se curtió como freelance para varios medios y tomó contacto con la base de la pirámide de la Administración Pública. Defiende a ultranza el sector público, lo que no le impide cuestionar algunos de sus protocolos. Asegura que lo que de verdad le gusta es el fútbol, «todo lo demás es por llenar el tiempo entre partido y partido», comenta, aunque nos cuesta constatar cuánto de sarcasmo y de realidad hay en sus palabras.

Periodista y funcionario… ¡le lloverán las flores!

Tal y como están las cosas, creo que mis padres hubieran preferido que fuera pianista de un burdel. Soy gacetillero, politólogo y me estoy sacando el grado en Historia. Solo me falta Filología Clásica para hacer el póquer de carreras con menos futuro del mundo. Como ves nunca me ha importado mucho el qué dirán.

Pero el orden es correcto: soy primero periodista y luego funcionario. Ante todo, soy periodista, es lo único que sé hacer. Por ello mi idea siempre ha sido dirigir mi vocación de servicio público, que la hay, hacia el ámbito de la comunicación. De hecho, nunca pensé que opositaría hasta que descubrí que existía esa cosa que llaman ‘tacs’. Me horrorizaba la perspectiva de sacarme una plaza y tener que hacer lo mismo durante los siguientes 30 o 40 años de mi vida. Pero ser Administrador Civil del Estado te permite moldear tu carrera dentro de la Administración General del Estado, le permite a un comunicador como yo dedicarse a la comunicación.

En el seminario impartido a los alumnos de SKR Preparadores se refería a la comunicación como un servicio público, ¿está lo suficientemente valorada en la Administración?

He trabajado también en gabinetes de comunicación de empresas, y la comunicación es siempre el patito feo, tanto en el ámbito público como en el privado. Es ese departamento del que solo te acuerdas cuando aparece una crisis reputacional, cuando te critican en un periódico. Creo firmemente que comunicar de forma eficaz también es un servicio público, la comunicación debe ser parte esencial del trabajo de toda Administración Pública.

¿Por qué es tan importante comunicar y, sobre todo, hacerlo bien?

La comunicación es la carta de presentación de toda organización, la ciudadanía te conoce a través de tus acciones de comunicación. Somos la web, las redes sociales, los artículos en prensa, el portavoz.

Y nos la jugamos sin red. En cualquier otro departamento, si algo sale mal solo se enteran los de la propia organización y los interesados directamente aludidos, una bronca del superior jerárquico y seguimos. Si algo sale mal en comunicación, puede que abras el Telediario. Si con esta amenaza tu jefe no comprende la importancia de la comunicación, mejor búscate otro despacho.

«La Administración Pública debe dar respuesta a las demandas de la ciudadanía. Debemos preguntarles qué les interesa, qué les preocupa, obrar en consecuencia y, por último, volver a preguntarles si les hemos sido útiles.»

No se trata solo de un ejercicio de transparencia, decía usted que hay que escuchar al ciudadano. ¿Debe la comunicación ser siempre bidireccional?

Comunicar es la acción consciente de intercambiar información entre dos o más participantes, dice la Wikipedia. Dos o más participantes. En el epígrafe primero del tema 1 de cualquier asignatura de comunicación te enseñan que en todo acto comunicativo hay un emisor y un receptor. La comunicación es, por definición, bidireccional. Si nos quedamos solo en emitir información, estamos obviando al segundo y no menos importante de los elementos: nuestro receptor.

En concreto, la Administración pública debe dar respuesta a las demandas de la ciudadanía, lo que llamamos problemas públicos, y esos problemas públicos te los cuentan los ciudadanos. Debemos preguntarles antes qué les interesa, qué les preocupa, luego obrar en consecuencia, y por último volver a preguntarles si les hemos sido útiles. Por eso no solo vale escuchar, también hay que medir. Lo que no se mide no existe, es necesario estudiar el efecto que produce nuestro mensaje en quien lo recibe.

En concreto, la transparencia no puede ser solo dar acceso a datos, esos datos deben ser masticados, elaborados y transformados en información útil para nuestro público objetivo, en el caso de la Administración pública, la ciudadanía. El BOE no es transparencia, es rendición de cuentas. Transparencia es elaborar una nota de prensa reelaborando lo que aparece en el BOE, y difundir esa nota en los canales en los que la ciudadanía está presente. Ir a buscar al ciudadano y darle información veraz, útil e inteligible.

Sin intención de ponerle en un compromiso… ¿con quién es más difícil lidiar: con los ciudadanos o con los jefes?

Con un jefe no lidias, intentas convencerle de tu punto de vista y en última instancia le obedeces. La ciudadanía es implacable. La credibilidad que con mucho esfuerzo hemos ganado durante años, podemos perderla en segundos con un simple tuit con información errónea, con una nota de prensa contradictoria.

«No sé quién dijo eso de que “El periodismo es la profesión más bonita del mundo”, pero lo de disponibilidad absoluta y presión constante ya no es tan bonito.»

En los años que lleva en la Administración y como preparador de CSACE en SKR, ¿nota que aumenta el interés de los futuros funcionarios por la comunicación?

Según la distorsionada visión del ciudadano de a pie, como soy funcionario trabajo de 8:00 a 15:00 y los viernes se me cae el boli a las 14:30 para no encontrar atasco. Según mi realidad cotidiana, trabajo cuatro tardes a la semana, a veces cinco, y no puedo permitirme desconectar nunca, que para eso soy medio jefe. Todos los fines de semana tengo que enviar mails, recibo llamadas mientras le estoy dando la cena al niño, en ocasiones tengo que viajar a Bruselas ida y vuelta en el día cogiendo el terrible vuelo de las 6:25 de la mañana… Además, estoy sometido a presión constante.

No me quejo, va en el sueldo y me dedico a lo que me gusta, pero cuando cuento esto a un futuro funcionario no suelen preguntarme si tengo hueco para ellos en tu departamento… No sé quién dijo eso de que «El periodismo es la profesión más bonita del mundo», quizá Churchill, como todas las frases que nadie sabe quién dijo. Pero lo de disponibilidad absoluta y presión constante ya no es tan bonito.

Y en cuanto a la formación y al proceso selectivo, ¿ganan peso estos asuntos?

Hablando de memoria, en las últimas 3 convocatorias de la oposición al CSACE en el cuarto y último examen han aparecido preguntas explícitas sobre comunicación. Si no ha ganado peso, parece evidente que debería hacerlo.

Pero debo ser pesimista en este sentido. Entre mis labores están por supuesto redactar pliegos de prescripciones técnicas o negociar convenios ajustados a Derecho, pero también idear campañas de comunicación, mantener una relación constante con periodistas, formar parte de grupos de trabajo nacionales e internacionales, redactar notas, discursos y artículos, ejercer de portavoz… No me suena haber visto nada de eso en el temario que estudian mis alumnos.

¿Se necesita una formación ad hoc para ocupar cargos como el suyo?

Creo que debería potenciarse el perfil comunicación dentro de la Administración Pública, bien creando un cuerpo específico de ¿Comunicadores del Estado?, igual que ya lo hay de informáticos o de veterinarios, por ejemplo, o bien ampliando el contenido dedicado a comunicación dentro del temario de cuerpos generalistas como el mío. Pero me temo que la tendencia no va por ahí. Seguiremos siendo el patito feo.

«He supervisado cuentas en redes sociales de ministros, y a un simple “buenos días” siempre respondían con insultos, descalificaciones, fake news y memes de dudoso gusto y peor ortografía.»

Redes sociales, ¿a favor o en contra?

Desde que empecé a trabajar en comunicación siempre he tenido que lidiar con altos cargos, en lo público y en lo privado, que no entendían la importancia de estar en redes sociales. A todos les he convencido con el mismo argumento: aunque no estés, ya estás. En redes sociales todos estamos porque todos hablan de todo. La diferencia es que, si no estás, no puedes saber qué se habla de ti ni puedes tomar partido en el debate, no puedes influir en la narrativa.

Dicho esto, las redes sociales no lo son todo. Si quiero que mi abuela se entere de lo que hacemos en AECID, no puedo solo publicarlo en nuestro Twitter. La mayoría de la población no tiene Twitter, no debemos olvidarlo. Por ello redes sociales rotundamente sí, pero no solo.

… a veces son un arma de doble filo, un agujero negro lleno de trolls y haters.

Hater gonna hate. Intentar luchar contra ello es inútil. Por ejemplo, he supervisado cuentas en redes sociales de ministros, y a un simple «buenos días» siempre respondían con insultos, descalificaciones, fake news y memes de dudoso gusto y peor ortografía. Es lo que hay, y no va a cambiar. Pero esos insultos, dirigidos a la misma persona, van a estar ahí tenga o no cuenta en Twitter esa persona. La diferencia es que, al tener Twitter, el ministro de turno podía verlas, salía de su burbuja.

«Soy muy crítico con el sistema de oposiciones en España. De los principios de igualdad, mérito y capacidad, creo que solo cumplen el de igualdad, y a medias.»

Se tiende a pensar en la Administración Pública como un lugar muy encorsetado, poco flexible, ¿con qué herramientas trabajan?

En primer lugar, trabajamos con un sistema de recursos humanos anquilosado. Tanto en mi paso por el ministerio de Exteriores como ahora en AECID, me veo en la obligación de licitar contratos mayores para que empresas hagan nuestro trabajo de comunicación, cuando lo que necesito son personas, perfiles, no empresas.

A mí, sinceramente, lo que me gustaría es poder contar con profesionales con experiencia en comunicación. Soy muy crítico con el sistema de oposiciones en España. De los principios de igualdad, mérito y capacidad, creo que solo cumplen el de igualdad, y a medias porque no todo el mundo puede permitirse parar su vida durante años para opositar a un futuro incierto. El mérito y la capacidad van de la mano de la experiencia. Reclamo que, a la función pública, al menos a los puestos superiores, se entre habiendo ya gestionado situaciones similares a las que te vas a enfrentar. Que se entre con currículum, no solo con conocimientos. Y que el sistema de contratación se flexibilice. Abro paraguas.

Desde luego, no tiene pelos en la lengua… ¿Alguna otra asignatura pendiente?

La gran asignatura pendiente en mi ámbito es, precisamente, el periodismo. El problema es que apenas encuentras gente que se haya leído ese epígrafe primero del tema 1 de cualquier asignatura de Periodismo.

Siempre que llego a un gabinete de prensa, me presentan dos problemas: «comunicamos fatal», dice el jefe; «hace falta un plan de comunicación», dice su asesor. Entonces voy yo y pregunto por los medios a mi disposición. La respuesta suele ser: el becario, como mucho, asistencias técnicas (yo lo fui durante tres años) y si acaso uno del departamento de Informática que parece que sabe mucho de Photoshop y cosas de esas. Me derrumbo.

«Me di cuenta de que llevaba una vida que jamás me iba a poder pagar, era como vivir en un espejismo.»

¿Qué les diría a los opositores, a sus propios alumnos, para convencerles para dirigir sus carreras hacia esta rama del servicio público?

Les diría la verdad, que estoy encantado de trabajar para una gran compañía llamada España, creo que es la mejor empresa para la que se puede trabajar. Pero para convencerles lo único que puedo hacer es tirar de autobombo y contarles mi vida: trabajé durante tres años como freelance de viajes, al terminar Periodismo. Suelo decir que lo de que te paguen por viajar suena maravilloso, sobre todo cuando tienes veintipocos, pero el problema es que te pagan muy poco y no tienes garantizada una regularidad en los ingresos.

El otro gran inconveniente es que siempre tienes que estar disponible: siempre cuento que un lunes me dijeron que tenía que irme a Los Ángeles ese mismo miércoles, pero cuando me enviaron los billetes resulta que eran destino Salt Lake City, tuve que buscar dónde estaba ese lugar de nombre tan raro ya en el aeropuerto de Barajas. Un día estuve en mitad de la sierra de Gredos y al día siguiente en un torneo de golf en Tenerife. Una mañana entrevisté a Tom Hanks en Ginebra y la tarde siguiente a Ewan McGregor en Roma, también entrevisté a Jorge Lorenzo o María Sharapova, visité las plantaciones de ron Brugal en República Dominicana, me enviaron a mí solo una semana a un ecoresort en mitad de Brasil, cubrí el European Poker Tour en Viena… Escribí reportajes sobre una veintena de países, pero al final me di cuenta de que llevaba una vida que jamás me iba a poder pagar, era como vivir en un espejismo. Un espejismo mal remunerado y con imposibilidad de conciliación. Incluso cuando menos lo parece, hace mucho frío ahí fuera.

«Opositar es un infierno, que nadie se engañe, pero merece la pena. Mucho.»

También he tenido siempre vocación de servicio público, prefiero que mi esfuerzo repercuta en la mejora de mi país, más que en la mejora de la cuenta de resultados de una empresa privada. Con todo esto en la cabeza, di un giro a mi vida: entré de becario en el Ministerio de Exteriores, donde una directora general que hoy es mi amiga no paró de insistir en que debía opositar hasta que lo consiguió.

Durante año y medio trabajaba de 8:00 a 15:00 y estudiaba toda la tarde, cena rápida y vuelta a estudiar hasta por lo menos media noche. Yo, que hasta hacía nada vivía de comer gratis en los mejores restaurantes y luego contar qué tal había comido… En esa durísima época siempre me repetía constantemente una frase: todo saldrá bien. Hoy la llevo tatuada para que no se me olvide. Opositar es un infierno, que nadie se engañe, pero merece la pena. Mucho.